Los héroes observan con preocupación cómo el sol se está poniendo. Corren, cabalgan o conducen todo lo rápido que pueden. El malvado también se apresura y también está preocupado. Sabe que lo persiguen y que si no lo detienen antes del ocaso estará salvado y se habrá salido con la suya. Para los héroes esto supondrá una terrible pérdida. A la luz del día, el villano es vulnerable. De noche se vuelve poderoso, letal.

He vuelto a ver Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951) poco después de terminar Drácula, la novela de Bram Stoker (en la edición de Cátedra de 2007). El desenlace de las dos historias se produce en una carrera contra la puesta de sol. No es lo único que tienen en común las dos historias.

El personaje de Drácula produce la mezcla de miedo y fascinación propia del diablo. Es libre y poderoso, vive al margen de la sociedad y hace realidad sus fantasías. Se cuela en la habitación de las chicas y las conduce a la perdición. Los caballeros occidentales que lo persiguen tienen que repetirse una y otra vez lo virtuosos que son, en especial cuando cortan cabezas y clavan estacas en el corazón. Se ha sugerido que Drácula es el reverso oscuro de Jonathan Harker, laborioso abogado, marido sin tacha y ciudadano del Imperio Británico.

Extraños en un tren comienza cuando dos desconocidos (Bruno Anthony, interpretado por Robert Walker, y Guy Hines, interpretado por Farley Granger) se encuentran durante un viaje y Bruno sugiere al Guy la posibilidad de intercambiar asesinatos: si cada uno liquida a la víctima del otro, nadie podrá relacionarlos. Pronto vemos que el primero es un trastornado, mientras que Hines sería la versión USA-años-50 de Harker: educado, apuesto y enamorado de la rica hija de un senador. Sólo tiene un problema: está casado con una mujer que no sólo le es infiel sino que se niega a concederle el divorcio. Hines, definitivamente, también tiene fantasías. Y tal vez más oscuras que las de Harker. Igual que en Drácula, el combate entre la virtud y el vicio esconde conflictos más complejos y mucho más interesantes (y a nadie le interesaban más que a Hitchcock). Bruno Anthony no tiene los poderes del vampiro, en realidad es un pobre diablo, pero también es capaz de causar un gran daño.

extraños en un tren
Todo depende del cristal con que se mire

Lo reprimido, la violencia contenida, las grietas de la moral son temas habituales de Hitchcock. Y aunque se le conozca como “el mago del suspense”, sus películas entran en ocasiones dentro del auténtico terror. No sé si leyó Drácula y si le gustaba. Lo cierto es que nunca recurrió a lo sobrenatural (que yo sepa, no he visto todas sus películas). Incluso cuando hizo enloquecer a todos los pájaros del cielo se negó a ofrecer una explicación, ni científica ni fantástica. Ocurría y punto.

Creo que a Stoker le interesaba el contraste entre los mitos sobrenaturales de orígenes inescrutables con la realidad británica de su tiempo, marcada por los avances científicos y tecnológicos tanto como por la moralidad victoriana. El viaje de Harker a Transilvania con el que comienza la novela es en realidad un viaje en el tiempo. A medida que se acerca a su destino cambia el tren por el coche de caballos, las costumbres se vuelven ancestrales, las lenguas incomprensibles y las indumentarias tradicionales. La civilización no ha llegado a todas partes y lo demoníaco no se ha extinguido.

Hitchcock hacía transcurrir sus historias en un presente bastante anodino. En Vértigo nos muestra a una mujer supuestamente poseída por un espíritu del San Francisco colonial, pero todo termina siendo una patraña, un señuelo. El que termina poseído y convertido casi en un no muerto es James Stewart. Hitchcock no tenía pretensiones sociológicas. Pero, siendo un británico nacido dos años después de la publicación de Drácula, heredó algunas de las obsesiones de la época anterior a la suya y proyectó sobre ellas una mirada única.

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