La máscara de los descorteses

Escuché a un periodista comentar, acerca del elogio de la cortesía que hace Ismael Grasa en La hazaña secreta, que esto era algo que podría gustarle mucho a Hitler y a personas como él: las buenas maneras pueden fingirse fácilmente para esconder una naturaleza despótica, una tendencia a la manipulación o incluso instintos criminales.

El monstruo oculto bajo el aspecto de un tipo educado, cortés o culto es un tema frecuente en la ficción. Su encarnación reciente más evocadora tal vez sea la del doctor Hannibal Lecter.

Antes de ser detenido y encarcelado por cometer sus sangrientos crímenes, el protagonista de El silencio de los corderos era un respetado miembro de la élite cultural y social. Una vez en prisión, sus maneras exquisitas producen desconfianza: en cuanto se baja la guardia se mete en la cabeza de su víctima.

El director Johnatan Demme dispone la película como un descenso a los infiernos en el que Lecter es el diablo, y si se piensa un poco es casi un lugar común representar a Satanás como un tipo de educación impecable, casi de otro tiempo, tal vez algo decadente.

Así que hemos llegado a ver la cortesía y las buenas maneras como sospechosas máscaras. Preferimos, se diría, la espontaneidad y la franqueza. Pero del libro de Grasa se deduce que esto es un grave error. Dice el autor:

Cuando éramos pequeños nos dijeron que al entrar y salir había que saludar, que había que decir “Hola” o “Buenos días”, y “Adiós” y “Hasta mañana”. Uno comprende después que el saludo muestra una disponibilidad, la nuestra, en el enfrentamiento contra la nada.

El que presume de franqueza, el que dice lo que piensa, el que exhibe su brusquedad, ese es el que en realidad se está disfrazando. Dejar a los demás la lucha contra la nada es un acto de traición. En la actualidad hay un estilo rudo en política que ha alcanzado grandes cimas y que presume de “hablar claro”. Los políticos que lo practican son especialmente traicioneros. Pero dije que aquí no hablaría de política, así que lo dejo.

Para Grasa, la cortesía es un compromiso con la humanidad. Naturalmente, es posible fingir este compromiso, como sugería aquel periodista. Pero La hazaña secreta no es un tratado de buenas maneras, es mucho más. Y basta con hojearlo para comprobar que ni Hitler ni Hannibal Lecter son sus destinatarios, aunque este último haya leído a Marco Aurelio. Esta cita -podría elegir muchas más -lo demuestra:

De joven me dijeron que debía hacerme la cama al levantarme, y lo mismo he dicho luego a otros. Si uno no tiene ninguna tarea, si uno está triste, quizá deba sentarse en la cama que acaba de hacer y respetar así la estructura del día. Es posible que sea su ocupación ese estar sentado.

Ni los dictadores totalitarios ni los asesinos en serie pueden comprender este párrafo. La hazaña secreta es un libro para gente que cuando se siente triste puede sentarse un rato en la cama recién hecha, y cuando sale a la calle se muestra interesada en convivir.

La hazaña secreta: la planta junto al sillón es tu jardín

Compré La hazaña cotidiana, el libro de Ismael Grasa publicado por Turner, porque no me quedó más remedio: de pronto, varios escritores y comentaristas de cuyo criterio me fío, lo recomendaban con entusiasmo. No puedo agradecérselo lo suficiente: el libro es una joya.

Desde que lo leí me esfuerzo por explicar lo que es, con poco éxito. Tiene menos de cien páginas en un formato de bolsillo. Habla de zapatos y de jardines, de restaurantes y de artículos de papelería. Es un elogio de la cortesía y un enaltecimiento de la vida urbana. Ofrece consejos de, digamos, urbanidad, pero también tiene reflexiones políticas. Incluye citas literarias y filosóficas de muy diversa naturaleza. ¿Qué es? Diría que un libro de ética, la visión del autor sobre lo que es la vida buena.

Si William Morris nos instaba a no tener en casa “nada que no sepas que es útil o que no consideres bello”, Grasa es más modesto, como corresponde al realista frente al utópico. Nos invita a tener algo valioso: un mueble antiguo entre muchos funcionales, unos traje bien cortado entre los vaqueros, una planta junto a un sillón donde sentarse a leer con luz natural. Para él, la cortesía no es la máscara bajo la que se oculta la maldad innata del hombre ni el corsé que asfixia la bella naturaleza del buen salvaje; al contrario, es el descortés el que se disfraza, el que oculta lo mejor de sí mismo.

Lo que hace grande a este pequeño libro es lo que hace grandes a todos los libros: el lenguaje y el estilo del autor son inseparables de lo que cuenta. La hazaña secreta es como una cama cuidadosamente hecha antes de ir al trabajo, como un cinturón elegido con cuidado, como una lámpara heredada que pasará a la siguiente generación, como un saludo amable a un conocido con el que nos cruzamos. Es una empresa que se acomete con afán de que perdure sin necesidad de que nos procure la gloria. El libro no parece pensado tanto para que yo escriba sobre él en un blog o en las redes sociales como para que lo deje en la mesa del salón y alguien -el amigo que nos visita, el hijo que va creciendo, el enviado a recoger un pedido -pueda tomarlo, abrirlo, hojearlo y cerrarlo después sintiéndose reconfortado, aliviado, esperanzado.

Dejé de subrayarlo porque no tenía sentido: tendría que hacerlo desde la primera palabra hasta la última. Con todo, traigo aquí una cita que me gusta especialmente:

No existe lo profundo desvinculado de las cosas, de los gestos y las rutinas, de lo que decimos al bajar la calle.