William Morris y el túnel del terror

Hace dos meses no había oído hablar de William Morris. Entonces me tropecé en Twitter con el anuncio de una exposición sobre él y su obra en la Fundación Juan March, y lo encontré interesante: un británico que en el siglo XIX había renegado de la sociedad industrial y reivindicado los oficios como forma de arte. En lo artístico, era cercano a los prerrafaelitas, quienes, muy resumidamente, creían que el arte se había echado a perder a partir del Renacimiento, cuando pintores y escultores habían empezado a constituir talleres y a producir casi en serie.

william morris
william morris

Poco después me encontré de nuevo con William Morris en la novela de Michel Houellebecq El mapa y el territorio (Anagrama). En el libro se habla de Morris como de una figura ya olvidada pero que en su momento propuso una alternativa al camino del progreso industrial. Lo imaginé como una especie de mesías al que nadie siguió, un tipo quijotesco no sólo por su rechazo a la banalidad de lo real sino por su fe en un pasado glorioso y perdido: una edad de oro.
Sin embargo, Morris también era socialista. En el libro de Houellebecq se le vincula con Fourier, utópico padre de los falansterios, aunque en sus últimos años se hizo marxista. Es decir, Morris no sólo creía en una edad de oro en el pasado, también en una en el futuro. Más en concreto, tenía una gran confianza en el poder transformador de la creación artística. Quería que cada hombre y cada mujer produjeran objetos artesanales valiosos, de los que se responsabilizaran desde su concepción hasta su finalización. Todo en el seno de una sociedad sin clases.
La exposición sobre Morris está llena de objetos realmente bellos, pero lo que me atrajo de él es su forma de ver el mundo. La victoria de Trump y del brexit ha llevado a algunos intelectuales a preguntarse por la vigencia del pensamiento reaccionario. Mark Lilla lo ha estudiado en La mente naufragada (Debate), libro en el que propone que lo que diferencia al progresista del conservador -y, en los límites, al revolucionario del reaccionario- es precisamente la idealización del futuro o la del pasado. El revolucionario no puede esperar porque el porvenir es maravilloso; el reaccionario tampoco puede esperar para volver al paraíso perdido. Morris encajaba en los dos tipos.

la mente naufragada
la mente naufragada

Probablemente hay mucha gente como Morris, personas que creen que vivimos en un túnel del terror en el que un día entramos y del que un día saldremos, aunque quién sabe si llegaremos a ver la luz. A mí me parece una forma deprimente y estéril de ver la vida (además de equivocada), pero la existencia de Morris fue de todo menos estéril. Fundó una compañía que fabricaba productos de la forma en que él creía que debía hacerse, con procesos totalmente artesanales y en un ambiente saludable, alejado de las condiciones de las fábricas victorianas. Sorprendentemente (o no tanto) el mercado le premió con un gran éxito. Además, creó escuela, y muchos artistas del siglo XX vieron en él una inspiración. “No tengas nada en tu casa que no sepas que es útil o que no consideres bello”, aconsejó.
Si hay una lección que extraer de la vida de Morris, tal vez sea que al mundo no le importa como lo veas, sino lo que hagas mientras estés en él.

Tintín y la venganza de la geografía

templo del sol

Uno de los libros con los que más me he divertido en los últimos años trata de geopolítica. Se titula La venganza de la geografía (RBA) y su autor es Robert D. Kaplan. Cuando se elogian libros como este suele decirse que son instructivos, interesantes o incluso apasionantes. Pero, ¿divertidos?
Kaplan defiende que la política internacional, las relaciones y conflictos entre los países y su disparidad de destinos se explican mejor por la geografía que por otros factores que ahora están más de moda. La globalización, internet y los medios de transporte modernos no importan tanto como las salidas al mar, las cordilleras que cruzan los continentes, las fronteras naturales o el clima. No es un argumento muy optimista: implica que las cartas están repartidas desde hace milenios y poco pueden hacer los jugadores por mejorar su situación.


Es una tesis interesante (y, para mí, convincente), pero no es esto exactamente lo que hace que el libro sea divertido. Lo leí hace dos o tres años y lo recuerdo como una novela de aventuras. ¿Acaso aparecen héroes en peligro? No exactamente, pero habla de paisajes que no cambian, corrientes históricas subterráneas y destinos implacables. Nuestro presente estaba ya escrito en los muros de viejos palacios en ruinas, en las vidas de personas de las que nadie guarda memoria.
¿En cuántos libros, cómics o películas de aventuras aparecen civilizaciones escondidas, leyendas descubiertas en un manuscrito polvoriento, templos malditos, arcas perdidas, secretos de la pirámide, momias incas, islas envueltas en la niebla, ciudades sumergidas, ruinas que nos hablan? En ocasiones, los autores nos muestran un pasado más feliz y digno de vivirse, una edad de oro frente a nuestra modernidad decadente y gris. A mí me gustan más cuando sugieren que, a pesar del tiempo y del progreso, algo importante nos une con los seres humanos del pasado. Parte de ellos vive en nosotros.
La venganza de la geografía me produjo emociones parecidas a las que sienten mis hijos (y sentí yo) leyendo las aventuras de Tintín. En muchos de sus álbumes el escenario es exótico y aparecen elementos tradicionales, históricos o míticos. Tengo la impresión de que Hergé era de los que creía en la Edad de Oro, como Don Quijote. Yo no. Pero sí me gustan las historias que, al mostrar el vínculo que nos une con remotos antepasados, afirman que algo nuestro permanecerá mucho después de que hayamos desaparecido.