Desde niños nos acostumbramos a usar mapas y consultar calendarios. Son objetos tan familiares que no solemos pensar en ellos como innovaciones tecnológicas, a pesar de que lo fueron en su día, y probablemente de las más importantes en la historia de la humanidad. Y no son, precisamente, ingenios sencillos, evidentes. Sus creadores y perfeccionadores (miles de personas a lo largo de la historia) se enfrentaban a dos retos imposibles: recrear en un plano una imagen procedente de una esfera y dividir en unidades lo más homogéneas posibles periodos de tiempo de una duración muy caprichosa.
Llegar al calendario actual, con sus doce meses de entre 28 y 31 días y sus bisiestos cada cuatro años, ha sido una tarea tan compleja que no se concluyó hasta la reforma del papa Gregorio XIII en 1582, como explica en este estupendo artículo el astrónomo Rafael Bachiller. El resultado final fue el fruto de un proceso de modificaciones graduales, de apaños y parches, como si una catedral gótica se hubiera ido adaptando a lo largo de los siglos hasta convertirse en un pabellón de baloncesto que, sobre las gradas y entre los marcadores electrónicos conservara todavía los arbotantes. Por eso septiembre es el noveno mes en lugar del séptimo, octubre el décimo y no el octavo, etc. Los revolucionarios franceses quisieron borrar las huellas del pasado, tal vez por su voluntad de racionalizar, o tal vez por su deseo de hacer tabla rasa con el pasado. Todo lo antiguo era sospechoso.
Algo parecido ha ocurrido más recientemente con los mapas. Los que estamos acostumbrados a ver desde pequeños se basan en la proyección de Mercator, que data de la misma época que el calendario gregoriano. Hacia los años 60 del siglo XX la creación de Mercator fue acusada de eurocentrista porque exageraba el tamaño de los países del hemisferio norte frente a los cercanos al ecuador, es decir: los países y regiones más pobres de la tierra aparecían apocados, disminuidos, sometidos. Era el apogeo de la posmodernidad en el mundo académico, y se decía que los discursos y los símbolos creaban relaciones de poder desequilibradas. Disfrazada de objetividad científica se nos colaba la voluntad de dominio de los poderosos. En 1973, el alemán Arno Peters publicó una nueva proyección que, al contrario que la de Mercator, era respetuosa con las extensiones reales de los continentes. África y América del Sur salían ganando, Europa, en cambio, se veía reducida. La proyección de Peters fue un éxito de ventas sin precedentes para un mapa. Se convirtió en un símbolo político.

Proyección de Peters
La proyección de Peters

El problema es que Peters mejoró la representación del mundo en lo que se refiere al área que ocupan los continentes a costa de empeorar drásticamente las distancias y las formas. Lo cual nos devuelve a Mercator. Es injusto que mucha gente piense en él, ahora, como un malvado precursor del colonialismo, como un soberbio eurocentrista. Como explica Jerry Brotton en Historia del mundo en 12 mapas (Debate), Mercator era justo lo contrario: un hombre tolerante, horrorizado por los conflictos religiosos que vivía Europa, y que soñaba con un mundo más tolerante y generoso. Su proyección pretendía mirar el mundo desde fuera mucho antes de las primeras fotos desde el espacio. Su mensaje era parecido al de Carl Sagan cuatro siglos más tarde: mirando nuestro planeta desde lejos, deberíamos ser más humildes y más solidarios con quienes habitamos este punto azul pálido. Desde un punto de vista más práctico, Mercator diseñó la proyección más útil hasta la fecha para los navegantes, y este fue precisamente el motivo de su éxito. Puede que las proporciones de los continentes no fueran muy precisas, pero las distancias y la división en paralelos y meridianos sí lo eran. Él creía en el comercio y en el contacto cultural. Era un globalista adelantado a su tiempo.

Cuando miramos un mapa (o un calendario), podemos ver mucho más que países, ríos o cordilleras. Podemos ver nuestra historia, nuestras ansiedades y nuestras aspiraciones.

 

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