Quería ir a ver Casi 40, la película de David Trueba. Tenía que darme prisa si quería llegar antes de que empezara. Álvaro estaba en el sofá, aburrido. No había querido bajar con su hermana a la piscina. Le pregunté si quería acompañarme y me dijo que sí.

La película estaba calificada para mayores de siete años, así que eso no era problema (él tiene nueve). El problema era que Casi 40 es lo que muchos llamarían una película “lenta” o “en la que no pasa nada”. O sea que cabía la posibilidad de que se aburriera un niño para el que la cumbre del cine es Vengadores: Infinty war.

Tres o cuatro veces le susurré para explicarle lo que yo creía que los personajes estaban sintiendo aunque trataran de disimular. Nos reímos con varias bromas y comentamos que nos gustaban las canciones que cantaba Lucía Jiménez.

Al salir me dijo que le había gustado. Es difícil saber exactamente por qué. Él, que todavía no se ha enamorado, no puede entender por qué un adulto podría quedar atrapado en la nostalgia del primer amor.

No, no pudo entender la película, y sin embargo sé que era sincero cuando dijo que le había gustado. Vio o sintió algo que le afectó, que le divirtió o que le provocó curiosidad. Tal vez un chiste, tal vez la intimidad entre los protagonistas, tal vez la vulnerabilidad que experimentan los adultos sin necesidad de estar amenazados por una invasión extraterrestre.

Me alegro mucho de haber ido con Álvaro. Me parece importante que los niños entren en contacto con otros lenguajes que no sean los de las superproducciones, con obras artísticas que no les produzcan una satisfacción inmediata. Creo, espero, que le ayude cuando crezca a explorar sin prejuicios las innumerables formas de expresión cultural.

Recuerdo la primera vez que vi Ciudadano Kane, creo que tenía trece años. Me fui a la cama entristecido por el lamentable fracaso de su protagonista, pero creo que ni siquiera habría podido explicar que era la historia de un fracaso.

No tengo nada contra las películas de superhéroes, al contrario, me divierte verlas con los niños comiendo palomitas. Pero deben saber que hay otras películas, otros cómics, otros libros, menos inmediatos, que se quedan contigo durante más tiempo y que te dejan a veces más preguntas que respuestas.

Y habría que explicarles que las mejores obras artísticas no se hacen para entenderlas, o no al menos en primer lugar, sino para experimentarlas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *