Una niña ha dejado su ciudad. Miyazaki y Pixar

El viaje de Chihiro

Una niña viaja en coche con sus padres. Han dejado su ciudad y se mudan a otra. Es un cambio duro para cualquiera, y mucho más para una muchacha a la que no le falta mucho para la adolescencia. La mudanza provocará una aventura invisible para el resto del mundo. La niña superará una prueba para la que no parecía preparada. Saldrá de ella transformada, convertida en otra persona.

Este podría ser el resumen de dos extraordinarias películas de animación: Del revés (Pete Docter, 2015) y El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). Debí de ver la peli japonesa antes que la de Pixar, pero no mucho antes. Y sin embargo, hasta ahora no había reparado en los puntos en común de ambas. Creo que se debe a que la primera vez que vi Chihiro me cogió desprevenido. La película se me quedó dentro, en particular la escena del viaje en tranvía (creo que le pasa a muchos espectadores), pero no lograba clasificarla. Algo que casi siempre es buena señal.

A la vuelta de vacaciones, decidí hacer un ciclo de Miyazaki para ver con los niños. Empezamos por Totoro y no pudimos empezar mejor. Al principio, no pensaba ponerles Chihiro porque no me parecía adecuada. Pensando sobre el motivo, sólo se me ocurría que no se parecía a las películas que suelen ver. Me di cuenta de que en realidad ese era un motivo para verla con ellos y acerté: les encantó.

Ver estas películas con ellos (aprovecharé para decir que mis preferidas de Miyazaki son Porco Rosso y El viento se levanta, aunque no diré que sean mejores que Chihiro ni que Totoro) ha sido una gran experiencia compartida, algo que hasta ahora me había pasado, principalmente, con las películas de Pixar. Bajo el efecto de Miyazaki, sin embargo, las del estudio californiano se me hacían un tanto pueriles. Sé que no es justo, Pixar tiene un buen puñado de obras maestras y hasta sus peores películas son divertidas. En todo caso, no pude evitar las comparaciones, y fue entonces cuando caí en las coincidencias argumentales de Del revés y de Chihiro, que son interesantes porque permiten que resalten mejor sus diferencias. Y en particular una que es de la que quiero hablar.

Riley Del Revés
Riley está enfadada

El secreto de Pixar no es, en realidad, ningún secreto: pese a ser célebre por desarrollar y llevar a sus más altas cotas la animación por ordenador, sus películas son grandes por cuestiones narrativas. Los guiones suelen ser piezas de orfebrería en las que todo encaja y que ofrecen diferentes niveles de lectura. La realización no pretende sorprendernos por su sofisticación técnica, sino que está al servicio de la historia. Resultado: los niños y los adultos disfrutan y padecen al mismo tiempo y con la misma intensidad, pero de algún modo están viendo películas distintas. En Del revés, la mayoría de los niños ve a unos personajes de colorines intentando regresar a un lugar mientras todo se desmorona a su alrededor. Saben que eso es importante para Riley, la niña, pero no alcanzan a comprender por qué. Los adultos entienden que nos están hablando de una quiebra emocional de la que Riley saldrá más madura. Apela a experiencias que un niño de nueve años, por ejemplo, no ha tenido o que comprenderá más adelante, cuando ya no sea un niño.

Chihiro
Después de la inundación

Con Miyazaki esto no es exactamente así. Por supuesto, en sus películas hay subtexto y distintas lecturas, pero mi impresión es que adulto y niño vemos básicamente la misma película. Los guiones son también excelentes, pero no son el mecanismo de precisión de Pixar. Muchas de las emociones nos llegan de una forma más básica, más vinculada al propio dibujo y a la animación. El brillo del paisaje inundado sobre el que circula el tranvía de Chihiro, unido a la expresión del personaje y a la maravillosa música, producen una sensación inmediata. Sabemos que ese es el momento culminante no porque lo pida la historia (de hecho es una secuencia previa al desenlace), sino de una forma más directa. Más parecida a como veíamos las películas de niños.

Miyazaki es un genio reverenciado en Japón desde los años noventa y en Occidente desde, al menos, El viaje de Chihiro (que suele aparecer en los lugares más altos en las clasificaciones de “lo mejor del siglo XXI”). Así que es posible que el apreciado lector ya haya visto sus películas. Aun así, puede que esta pequeña reflexión le aporte algo nuevo y le anime a verlas otra vez. Pero si el apreciado lector es, como yo hasta anteayer, un afortunado ignorante que no ha entrado en este mundo de espíritus, muchachas sin miedo, villanos con corazón y héroes honorables, entonces le digo: bienvenido a Miyazaki.

Fui a ver Casi 40 con uno de casi 10

Quería ir a ver Casi 40, la película de David Trueba. Tenía que darme prisa si quería llegar antes de que empezara. Álvaro estaba en el sofá, aburrido. No había querido bajar con su hermana a la piscina. Le pregunté si quería acompañarme y me dijo que sí.

La película estaba calificada para mayores de siete años, así que eso no era problema (él tiene nueve). El problema era que Casi 40 es lo que muchos llamarían una película “lenta” o “en la que no pasa nada”. O sea que cabía la posibilidad de que se aburriera un niño para el que la cumbre del cine es Vengadores: Infinty war.

Tres o cuatro veces le susurré para explicarle lo que yo creía que los personajes estaban sintiendo aunque trataran de disimular. Nos reímos con varias bromas y comentamos que nos gustaban las canciones que cantaba Lucía Jiménez.

Al salir me dijo que le había gustado. Es difícil saber exactamente por qué. Él, que todavía no se ha enamorado, no puede entender por qué un adulto podría quedar atrapado en la nostalgia del primer amor.

No, no pudo entender la película, y sin embargo sé que era sincero cuando dijo que le había gustado. Vio o sintió algo que le afectó, que le divirtió o que le provocó curiosidad. Tal vez un chiste, tal vez la intimidad entre los protagonistas, tal vez la vulnerabilidad que experimentan los adultos sin necesidad de estar amenazados por una invasión extraterrestre.

Me alegro mucho de haber ido con Álvaro. Me parece importante que los niños entren en contacto con otros lenguajes que no sean los de las superproducciones, con obras artísticas que no les produzcan una satisfacción inmediata. Creo, espero, que le ayude cuando crezca a explorar sin prejuicios las innumerables formas de expresión cultural.

Recuerdo la primera vez que vi Ciudadano Kane, creo que tenía trece años. Me fui a la cama entristecido por el lamentable fracaso de su protagonista, pero creo que ni siquiera habría podido explicar que era la historia de un fracaso.

No tengo nada contra las películas de superhéroes, al contrario, me divierte verlas con los niños comiendo palomitas. Pero deben saber que hay otras películas, otros cómics, otros libros, menos inmediatos, que se quedan contigo durante más tiempo y que te dejan a veces más preguntas que respuestas.

Y habría que explicarles que las mejores obras artísticas no se hacen para entenderlas, o no al menos en primer lugar, sino para experimentarlas.