Teherán, Ohio

Fotograma de Take Shelter

Si hubiera conocido el tema de Take shelter (Jeff Nichols, 2011) tal vez no la habría visto. Encuentro que las películas sobre trastornos mentales tienden a ser aleccionadoras, condescendientes y algo morbosas (con excepciones, supongo). Así que me alegro mucho de no haberlo sabido, porque Take shelter me ha parecido extraordinaria.

Es la película llena de virtudes, la obra de un director con muchísimo talento. Pero creo que el acierto clave está en el propio planteamiento. Nos cuentan el proceso por el que un hombre, interpretado por Michael Shannon, empieza a sufrir síntomas de lo que luego se identificará como esquizofrenia paranoide. El protagonista es consciente de lo que le está sucediendo y, al tiempo que la enfermedad va alterando de forma decisiva su vida, él trata de buscar ayuda y proteger a su familia.

Después de verla me acordé de otra película que descubrí hace poco y que también se ha convertido en una de mis favoritas: Nader y Simín, una separación (Asghar Farhadi, 2011). Al principio sólo las relacioné porque al terminar tanto una como la otra me pregunté qué otras joyas se me habrán pasado por alto en los últimos diez años. Luego me he dado cuenta de que había más elementos en común. Igual que Take shelter, la película de Farhadi trata de la familia, el marido es el personaje principal y sus seres queridos sufren a causa suya. El entorno en el que se desarrolla la acción de ambas películas es decisivo, y al mismo tiempo hace que parezcan muy distintas.

Nader y Simín
Nader y Simín, una separación

Take shelter sucede en una zona rural de Estados Unidos. Es un paisaje abierto de cielos enormes en los que tienen lugar las pesadillas y las alucinaciones del protagonista, siempre relacionadas con las tormentas, los aguaceros y los tornados. El mundo cotidiano se convierte en un lugar amenazante y hay que buscar refugio. Los exteriores contrastan con los interiores. También las circunstancias sociales tienen un papel. El trastorno de  Shannon lo va a marginar, a expulsar de su círculo. Las consecuencias económicas no serán menores.

Michael Shannon
Michael Shannon

Por su parte, Nader y Simín transcurre en Teherán, una de las ciudades más pobladas del mundo. La acción sucede sobre todo en interiores, pero lo que ocurre fuera es decisivo: el tráfico, el tiempo que se emplea en ir de un barrio a otro. La mirada social y política es más acusada (posee algo del mejor neorrealismo) y el choque cultural -propio de las grandes ciudades -tiene un lugar central.

De alguna manera, el paisaje en el que se desarrollan y en el que se han rodado es lo que les da su sabor característico (por decirlo de alguna manera), que es muy distinto en ambas películas. Pero por debajo hay mucho en común: padres atribulados que tratan de hacer lo correcto; familias al borde de la ruptura; dificultades económicas; y, sobre todo, una mirada llena de compasión. De hecho, tal vez la diferencia entre un drama bueno y uno malo sea que en el segundo no hay compasión, sino condescendencia. En otras historias, los personajes son seres bondadosos a los que la vida les pasa por encima. Son mucho menos interesantes. A los protagonistas de Take shelter y de Nader y Simín les ocurren cosas de las que no son responsables, pero ellos toman sus propias decisiones. Es de la forma en que se enfrentan a lo que no pueden controlar de donde surge la identificación y hasta el cariño que terminamos sintiendo por ellos.

Las dos películas están disponibles, a día de hoy, en Movistar y en Filmin. Os las recomiendo mucho.

First man y las listas de mejores películas del año

First man

Algunas listas de películas o libros me han resultado útiles, gracias a ellas he hecho grandes descubrimientos y pasado buenos ratos. Así que hace unos días hice una lista (o más bien varias) de mis películas preferidas de 2018, aprovechando que había ido mucho al cine. Luego me he arrepentido un poco. Cuando empecé este blog decidí que intentaría no hacer valoraciones del tipo “me ha gustado mucho”, “no vayáis a verla” o “tres estrellitas sobre cinco”. Y una lista, al final, establece una especie de canon, una escala en la que lo que está arriba es lo mejor y a medida que se desciende parece que también lo hace la calidad.

Además, me di cuenta de que se me habían escapado al menos un par de buenas películas por motivos diferentes. Una es La muerte de Stalin (Armando Iannucci), que vi hace un par de meses y de la que no me acordé  en el momento de hacer la lista. Pensé, ¿será que se me olvidó porque no me gustó? En absoluto, la recuerdo como una gran comedia negra, con una mirada singular sobre el estalinismo. Y entonces me pregunté, ¿y si he olvidado otras buenas películas? No puedo descartarlo.

La otra que olvidé incluir fue First man (Damien Chazelle). Este caso es distinto. Es una película que ha gustado a poca gente. Por no gustar, es posible que no me gustara ni a mí cuando la vi en el cine. Y el caso es que es más que interesante. Tiene un planteamiento a contracorriente respecto a las películas de viajes en el espacio, y más en concreto respecto a las que narran la historia de la carrera espacial, entre las que destaca Apolo XIII, de Ron Howard. En general, son relatos de aventuras que juegan con la fascinación del descubrimiento, con el espíritu de superación y con el afán de ir un paso más allá. Asoman el heroísmo y el ingenio. Hay decisiones difíciles que tomar y terminan por imponerse la cooperación y la solidaridad.

First Man
First man, Damien Chazelle, 2018

First man no es así. Desde el principio, parece concebida en contraposición a Apolo XIII. Empieza con unas escenas muy claustrofóbicas dentro de un avión y ese es el tono cada vez que el Neil Armstrong (Ryan Gosling) o cualquiera de sus compañeros se sube a un cacharro volador. No hay glamour en las imágenes, sino mucho tornillo y poca luz. Chazelle nos muestra la carrera espacial como una aventura enloquecida, un proyecto macabro que no para de reclamar vidas. Y, tras cada muerte, no nos lleva a un funeral de estado, sino a la casa de la viuda dolorida. De esta forma, resulta comprensible que el hombre que alcanzó el mayor éxito arrastre un enorme dolor. El Armstrong de First man no es un patriota valeroso, ni un osado descubridor, ni un científico embargado por el ansia de conocimiento. Es un hombre que no parece muy interesado en seguir vivo.

No creo que sea una película perfecta, pero parte de una idea poderosa. Recuerdo cuando se estrenó Sin perdón y se puso de moda decir que era una película desmitificadora. Con mucha más razón se podría decir de First man. También se puede entender como una película sobre el duelo, sobre un duelo que parece exigirlo todo del que lo experimenta. Si el señor Friedriksen, el protagonista de Up (Pete Docter), tiene que llegar hasta las Cataratas Paraíso para dejar ir a su mujer, Armstrong tiene que convertirse en el primer hombre en la luna para dejar atrás una pérdida terrible. Y, aun así, no está claro que lo logre.

Up
El Apolo XI del Sr. Friedriksen

He tardado en digerir First man. Creo que en parte tiene que ver con las expectativas que despertó la promoción, en parte con la anterior película de su director (La La Land) y en parte con que no es cómoda de ver. Pero es una película valiosa y arriesgada, salga o no en las listas de mejores del año. Lo cual confirma que es mucho mejor hablar de lo bueno de una obra que pretender encajarla en un canon provisional y discutible (todos lo son). Y también que lo más importante que nos sucede con las buenas películas, obras de teatro o libros tiene lugar bastante después de haberlas visto o leído. Si una obra es buena, irá cambiando en nuestro recuerdo y nos hablará cuando menos lo esperemos.

Vampiros en el cine de Hitchcock

Strangers on a train

Los héroes observan con preocupación cómo el sol se está poniendo. Corren, cabalgan o conducen todo lo rápido que pueden. El malvado también se apresura y también está preocupado. Sabe que lo persiguen y que si no lo detienen antes del ocaso estará salvado y se habrá salido con la suya. Para los héroes esto supondrá una terrible pérdida. A la luz del día, el villano es vulnerable. De noche se vuelve poderoso, letal.

He vuelto a ver Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951) poco después de terminar Drácula, la novela de Bram Stoker (en la edición de Cátedra de 2007). El desenlace de las dos historias se produce en una carrera contra la puesta de sol. No es lo único que tienen en común las dos historias.

El personaje de Drácula produce la mezcla de miedo y fascinación propia del diablo. Es libre y poderoso, vive al margen de la sociedad y hace realidad sus fantasías. Se cuela en la habitación de las chicas y las conduce a la perdición. Los caballeros occidentales que lo persiguen tienen que repetirse una y otra vez lo virtuosos que son, en especial cuando cortan cabezas y clavan estacas en el corazón. Se ha sugerido que Drácula es el reverso oscuro de Jonathan Harker, laborioso abogado, marido sin tacha y ciudadano del Imperio Británico.

Extraños en un tren comienza cuando dos desconocidos (Bruno Anthony, interpretado por Robert Walker, y Guy Hines, interpretado por Farley Granger) se encuentran durante un viaje y Bruno sugiere al Guy la posibilidad de intercambiar asesinatos: si cada uno liquida a la víctima del otro, nadie podrá relacionarlos. Pronto vemos que el primero es un trastornado, mientras que Hines sería la versión USA-años-50 de Harker: educado, apuesto y enamorado de la rica hija de un senador. Sólo tiene un problema: está casado con una mujer que no sólo le es infiel sino que se niega a concederle el divorcio. Hines, definitivamente, también tiene fantasías. Y tal vez más oscuras que las de Harker. Igual que en Drácula, el combate entre la virtud y el vicio esconde conflictos más complejos y mucho más interesantes (y a nadie le interesaban más que a Hitchcock). Bruno Anthony no tiene los poderes del vampiro, en realidad es un pobre diablo, pero también es capaz de causar un gran daño.

extraños en un tren
Todo depende del cristal con que se mire

Lo reprimido, la violencia contenida, las grietas de la moral son temas habituales de Hitchcock. Y aunque se le conozca como “el mago del suspense”, sus películas entran en ocasiones dentro del auténtico terror. No sé si leyó Drácula y si le gustaba. Lo cierto es que nunca recurrió a lo sobrenatural (que yo sepa, no he visto todas sus películas). Incluso cuando hizo enloquecer a todos los pájaros del cielo se negó a ofrecer una explicación, ni científica ni fantástica. Ocurría y punto.

Creo que a Stoker le interesaba el contraste entre los mitos sobrenaturales de orígenes inescrutables con la realidad británica de su tiempo, marcada por los avances científicos y tecnológicos tanto como por la moralidad victoriana. El viaje de Harker a Transilvania con el que comienza la novela es en realidad un viaje en el tiempo. A medida que se acerca a su destino cambia el tren por el coche de caballos, las costumbres se vuelven ancestrales, las lenguas incomprensibles y las indumentarias tradicionales. La civilización no ha llegado a todas partes y lo demoníaco no se ha extinguido.

Hitchcock hacía transcurrir sus historias en un presente bastante anodino. En Vértigo nos muestra a una mujer supuestamente poseída por un espíritu del San Francisco colonial, pero todo termina siendo una patraña, un señuelo. El que termina poseído y convertido casi en un no muerto es James Stewart. Hitchcock no tenía pretensiones sociológicas. Pero, siendo un británico nacido dos años después de la publicación de Drácula, heredó algunas de las obsesiones de la época anterior a la suya y proyectó sobre ellas una mirada única.

Una niña ha dejado su ciudad. Miyazaki y Pixar

El viaje de Chihiro

Una niña viaja en coche con sus padres. Han dejado su ciudad y se mudan a otra. Es un cambio duro para cualquiera, y mucho más para una muchacha a la que no le falta mucho para la adolescencia. La mudanza provocará una aventura invisible para el resto del mundo. La niña superará una prueba para la que no parecía preparada. Saldrá de ella transformada, convertida en otra persona.

Este podría ser el resumen de dos extraordinarias películas de animación: Del revés (Pete Docter, 2015) y El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). Debí de ver la peli japonesa antes que la de Pixar, pero no mucho antes. Y sin embargo, hasta ahora no había reparado en los puntos en común de ambas. Creo que se debe a que la primera vez que vi Chihiro me cogió desprevenido. La película se me quedó dentro, en particular la escena del viaje en tranvía (creo que le pasa a muchos espectadores), pero no lograba clasificarla. Algo que casi siempre es buena señal.

A la vuelta de vacaciones, decidí hacer un ciclo de Miyazaki para ver con los niños. Empezamos por Totoro y no pudimos empezar mejor. Al principio, no pensaba ponerles Chihiro porque no me parecía adecuada. Pensando sobre el motivo, sólo se me ocurría que no se parecía a las películas que suelen ver. Me di cuenta de que en realidad ese era un motivo para verla con ellos y acerté: les encantó.

Ver estas películas con ellos (aprovecharé para decir que mis preferidas de Miyazaki son Porco Rosso y El viento se levanta, aunque no diré que sean mejores que Chihiro ni que Totoro) ha sido una gran experiencia compartida, algo que hasta ahora me había pasado, principalmente, con las películas de Pixar. Bajo el efecto de Miyazaki, sin embargo, las del estudio californiano se me hacían un tanto pueriles. Sé que no es justo, Pixar tiene un buen puñado de obras maestras y hasta sus peores películas son divertidas. En todo caso, no pude evitar las comparaciones, y fue entonces cuando caí en las coincidencias argumentales de Del revés y de Chihiro, que son interesantes porque permiten que resalten mejor sus diferencias. Y en particular una que es de la que quiero hablar.

Riley Del Revés
Riley está enfadada

El secreto de Pixar no es, en realidad, ningún secreto: pese a ser célebre por desarrollar y llevar a sus más altas cotas la animación por ordenador, sus películas son grandes por cuestiones narrativas. Los guiones suelen ser piezas de orfebrería en las que todo encaja y que ofrecen diferentes niveles de lectura. La realización no pretende sorprendernos por su sofisticación técnica, sino que está al servicio de la historia. Resultado: los niños y los adultos disfrutan y padecen al mismo tiempo y con la misma intensidad, pero de algún modo están viendo películas distintas. En Del revés, la mayoría de los niños ve a unos personajes de colorines intentando regresar a un lugar mientras todo se desmorona a su alrededor. Saben que eso es importante para Riley, la niña, pero no alcanzan a comprender por qué. Los adultos entienden que nos están hablando de una quiebra emocional de la que Riley saldrá más madura. Apela a experiencias que un niño de nueve años, por ejemplo, no ha tenido o que comprenderá más adelante, cuando ya no sea un niño.

Chihiro
Después de la inundación

Con Miyazaki esto no es exactamente así. Por supuesto, en sus películas hay subtexto y distintas lecturas, pero mi impresión es que adulto y niño vemos básicamente la misma película. Los guiones son también excelentes, pero no son el mecanismo de precisión de Pixar. Muchas de las emociones nos llegan de una forma más básica, más vinculada al propio dibujo y a la animación. El brillo del paisaje inundado sobre el que circula el tranvía de Chihiro, unido a la expresión del personaje y a la maravillosa música, producen una sensación inmediata. Sabemos que ese es el momento culminante no porque lo pida la historia (de hecho es una secuencia previa al desenlace), sino de una forma más directa. Más parecida a como veíamos las películas de niños.

Miyazaki es un genio reverenciado en Japón desde los años noventa y en Occidente desde, al menos, El viaje de Chihiro (que suele aparecer en los lugares más altos en las clasificaciones de “lo mejor del siglo XXI”). Así que es posible que el apreciado lector ya haya visto sus películas. Aun así, puede que esta pequeña reflexión le aporte algo nuevo y le anime a verlas otra vez. Pero si el apreciado lector es, como yo hasta anteayer, un afortunado ignorante que no ha entrado en este mundo de espíritus, muchachas sin miedo, villanos con corazón y héroes honorables, entonces le digo: bienvenido a Miyazaki.

La máscara de los descorteses

Escuché a un periodista comentar, acerca del elogio de la cortesía que hace Ismael Grasa en La hazaña secreta, que esto era algo que podría gustarle mucho a Hitler y a personas como él: las buenas maneras pueden fingirse fácilmente para esconder una naturaleza despótica, una tendencia a la manipulación o incluso instintos criminales.

El monstruo oculto bajo el aspecto de un tipo educado, cortés o culto es un tema frecuente en la ficción. Su encarnación reciente más evocadora tal vez sea la del doctor Hannibal Lecter.

Antes de ser detenido y encarcelado por cometer sus sangrientos crímenes, el protagonista de El silencio de los corderos era un respetado miembro de la élite cultural y social. Una vez en prisión, sus maneras exquisitas producen desconfianza: en cuanto se baja la guardia se mete en la cabeza de su víctima.

El director Johnatan Demme dispone la película como un descenso a los infiernos en el que Lecter es el diablo, y si se piensa un poco es casi un lugar común representar a Satanás como un tipo de educación impecable, casi de otro tiempo, tal vez algo decadente.

Así que hemos llegado a ver la cortesía y las buenas maneras como sospechosas máscaras. Preferimos, se diría, la espontaneidad y la franqueza. Pero del libro de Grasa se deduce que esto es un grave error. Dice el autor:

Cuando éramos pequeños nos dijeron que al entrar y salir había que saludar, que había que decir “Hola” o “Buenos días”, y “Adiós” y “Hasta mañana”. Uno comprende después que el saludo muestra una disponibilidad, la nuestra, en el enfrentamiento contra la nada.

El que presume de franqueza, el que dice lo que piensa, el que exhibe su brusquedad, ese es el que en realidad se está disfrazando. Dejar a los demás la lucha contra la nada es un acto de traición. En la actualidad hay un estilo rudo en política que ha alcanzado grandes cimas y que presume de “hablar claro”. Los políticos que lo practican son especialmente traicioneros. Pero dije que aquí no hablaría de política, así que lo dejo.

Para Grasa, la cortesía es un compromiso con la humanidad. Naturalmente, es posible fingir este compromiso, como sugería aquel periodista. Pero La hazaña secreta no es un tratado de buenas maneras, es mucho más. Y basta con hojearlo para comprobar que ni Hitler ni Hannibal Lecter son sus destinatarios, aunque este último haya leído a Marco Aurelio. Esta cita -podría elegir muchas más -lo demuestra:

De joven me dijeron que debía hacerme la cama al levantarme, y lo mismo he dicho luego a otros. Si uno no tiene ninguna tarea, si uno está triste, quizá deba sentarse en la cama que acaba de hacer y respetar así la estructura del día. Es posible que sea su ocupación ese estar sentado.

Ni los dictadores totalitarios ni los asesinos en serie pueden comprender este párrafo. La hazaña secreta es un libro para gente que cuando se siente triste puede sentarse un rato en la cama recién hecha, y cuando sale a la calle se muestra interesada en convivir.

Fui a ver Casi 40 con uno de casi 10

Quería ir a ver Casi 40, la película de David Trueba. Tenía que darme prisa si quería llegar antes de que empezara. Álvaro estaba en el sofá, aburrido. No había querido bajar con su hermana a la piscina. Le pregunté si quería acompañarme y me dijo que sí.

La película estaba calificada para mayores de siete años, así que eso no era problema (él tiene nueve). El problema era que Casi 40 es lo que muchos llamarían una película “lenta” o “en la que no pasa nada”. O sea que cabía la posibilidad de que se aburriera un niño para el que la cumbre del cine es Vengadores: Infinty war.

Tres o cuatro veces le susurré para explicarle lo que yo creía que los personajes estaban sintiendo aunque trataran de disimular. Nos reímos con varias bromas y comentamos que nos gustaban las canciones que cantaba Lucía Jiménez.

Al salir me dijo que le había gustado. Es difícil saber exactamente por qué. Él, que todavía no se ha enamorado, no puede entender por qué un adulto podría quedar atrapado en la nostalgia del primer amor.

No, no pudo entender la película, y sin embargo sé que era sincero cuando dijo que le había gustado. Vio o sintió algo que le afectó, que le divirtió o que le provocó curiosidad. Tal vez un chiste, tal vez la intimidad entre los protagonistas, tal vez la vulnerabilidad que experimentan los adultos sin necesidad de estar amenazados por una invasión extraterrestre.

Me alegro mucho de haber ido con Álvaro. Me parece importante que los niños entren en contacto con otros lenguajes que no sean los de las superproducciones, con obras artísticas que no les produzcan una satisfacción inmediata. Creo, espero, que le ayude cuando crezca a explorar sin prejuicios las innumerables formas de expresión cultural.

Recuerdo la primera vez que vi Ciudadano Kane, creo que tenía trece años. Me fui a la cama entristecido por el lamentable fracaso de su protagonista, pero creo que ni siquiera habría podido explicar que era la historia de un fracaso.

No tengo nada contra las películas de superhéroes, al contrario, me divierte verlas con los niños comiendo palomitas. Pero deben saber que hay otras películas, otros cómics, otros libros, menos inmediatos, que se quedan contigo durante más tiempo y que te dejan a veces más preguntas que respuestas.

Y habría que explicarles que las mejores obras artísticas no se hacen para entenderlas, o no al menos en primer lugar, sino para experimentarlas.

La taza de té y el vaso de leche

Get out! (Déjame salir), la película de Jordan Peele, es excelente por varios motivos que están recogidos en esta crítica de Fernanda Solórzano. Parece una película de terror que utiliza los recursos típicos del género con maestría convencional, como si fuera el examen de un alumno brillante que desea impresionar al profesor. La genialidad está en cómo Peele convierte la película en una sátira al combinarla con una ácida metáfora racial. Yo quiero hablar sólo de un pequeño elemento, casi un detalle, que me ha gustado especialmente.

Uno de los personajes de la película hipnotiza al protagonista (y se supone que antes a más gente) agitando la cucharita de una taza de té. En cuanto vemos que esto sucede, la taza adquiere propiedades mágicas. ¿Puede hipnotizarsa a alguien de esta manera? Al espectador eso no le importa: cuando vea en pantalla la famosa taza se sentirá inquieto, y en cuanto oiga el tintineo de la cucharita sabrá que algo horrible va a ocurrir. ¡También él ha sido hipnotizado!

En Occidente, el té se asocia con las clases distinguidas. En una película en la que cuentan tanto los estereotipos, está claro que no es una bebida de negros. El motín del té es el origen de la Revolución Americana, una revuelta contra los abusos impositivos de la metrópoli. La libertad se identificó allí, desde el principio, con el beneficio económico de la burguesía. Su mayor teórico, Thomas Jefferson, tenía esclavos negros en su finca de Monticello. El racismo, nos dice Peele, no es cosa de cuatro paletos del sur, sino que se oculta, bien disimulado, en los acomodados hogares de los herederos y beneficiarios de la Revolución, los WASP liberales que votaron a Obama. Tilín tilín, hora del té.

La taza de té de Get out! me ha recordado al vaso de leche de Encadenados. Mientras Cary Grant la considera una perdida carente de los principios que deben adornar a una mujer cabal, la pobre Ingrid Bergman lleva a cabo una peligrosa misión de espionaje fingiéndose la perfecta esposa para el nazi Claude Rains. Por desgracia, Rains lo averigua y, con ayuda de su madre, va envenenando poco a poco a Bergman. Para -supuestamente -aliviar su malestar, le llevan a la cama un vaso de leche. Lo que normalmente simbolizaría los cuidados amorosos al familiar enfermo, adquiere entonces propiedades malignas.

Las dos películas (que, por lo demás, parten de intenciones muy distintas) nos enseñan lo que se oculta tras una gran casa de aspecto irreprochable, lo que en los anuncios de viviendas llamarían “finca representativa”. Cruzamos con los protagonistas el umbral de infiernos domésticos. Los sótanos ocultan secretos, lo inofensivo sirve para esclavizar o para asesinar. Esa capacidad para dotar a objetos cotidianos de una simbología propia es parte de lo que se llama “la magia del cine”. Magia negra, en este caso.

Sobre Mother!: por qué hay cosas más importantes que entender una película a la primera

mother!

Hace poco leí que la película Mother! (¡Madre!) de Darren Aronofsky había sido nominada a los razzies, algo así como los anti-óscar para las peores películas del año. Poco después, Cristian Campos escribió sobre ella, muy favorablemente, en El Español y en Twitter. Y antes que Campos, la defendió Scorsese en un vibrante artículo en el que criticaba ciertos sistemas de valoración de películas propios de nuestros tiempos, que tienden a maltratar películas como Mother! por no ajustarse a categorías o géneros evidentes. Es fácil ver que se trata de una película alegórica, pero no captar cuál es la alegoría. Yo me quedé con que iba del proceso artístico como algo cruel, capaz de sacrificarlo todo a cambio de una experiencia de la que extraer una obra valiosa. En realidad, según explica Campos, las piezas encajan mejor si se ve como una alegoría de la Creación.
Esto no importa tanto -viene a decir Scorsese (y también Campos) -como los valores puramente cinematográficos, la experiencia que proporciona a través de todos los recursos que actores y director ponen en juego (que son muchísimos). “Sólo un verdadero y apasionado autor cinematográfico podría haber hecho esta película, que todavía estoy experimentando semanas después de haberla visto” -dice el director de Taxi driver. Y añade: “las buenas películas de los auténticos autores no se hacen para ser descodificadas, consumidas ni comprendidas instantáneamente. Ni siquiera se hacen para gustar instantáneamente”.


En Contra la interpretación, Susan Sontag dice: “en la mayoría de los ejemplos modernos, la interpretación supone una hipócrita negativa a dejar sola la obra de arte. El verdadero arte tiene el poder de ponernos nerviosos; al reducir la obra de arte a su contenido para luego interpretar aquello, domesticamos la obra de arte. La interpretación hace manejable y maleable el arte”. Y más adelante: “Lo que ahora importa es recuperar nuestros sentidos. Debemos aprender a ver más, a oír más, a sentir más”. Temo que desde pequeños nos enseñan demasiado a interpretar y poco a ver, oír y sentir, tal vez porque creemos equivocadamente que eso lo traemos ya de serie.
Algo parecido a lo que me pasó con Mother! me pasó con Silencio, del propio Scorsese. Cuando terminó, me sentía incómodo. No estaba seguro de que me hubiera gustado. Uno o dos años después de haberla visto, la recuerdo de una forma muy intensa, y junto con el libro de Emmanuel Carrère El Reino y la serie de Paolo Sorrentino The young pope, me ha hecho ver la fe -un fenómeno que me es ajeno -como algo mucho más interesante que hasta ahora. No tanto por lo que cuentan como por la manera en que transmiten los dolorosos conflictos que a sus protagonistas les acarrea ser consecuentes con su fe.
Al principio de este post he dicho que Mother! me parece una de las mejores películas del último año, no que me haya gustado. Y, por supuesto, podría decirlo, lo que ocurre es que eso no me parece decir mucho. Creo que deberíamos hablar más a menudo de las películas que vemos, los libros que leemos, o la música que escuchamos, pero sin sentirnos obligados a emitir un juicio ni a desentrañar el significado último, sino simplemente explicándonos lo que hemos sentido al verla.

Última cita de Sontag: “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”.

Blade runner 2049, película navideña

La película original, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), gira en torno a una pregunta eterna: ¿qué nos hace humanos? La respuesta que da Scott es doble: nuestra memoria -algunos recuerdos íntimos, familiares, ya sean gratos o dolorosos -y la conciencia de nuestra mortalidad. Pero de la memoria no podemos fiarnos: es engañosa y maleable. En cambio, la muerte no nos va a fallar.
El debate en torno a Blade Runner ha sido siempre si Deckard (Harrison Ford) es o no un replicante. A mí me parece que la pregunta no tiene mucho sentido, porque, ¿qué diferencia hay al final entre un replicante y un humano tal y como se nos muestran? La película es radicalmente materialista: somos máquinas de obsolescencia programada. La única diferencia es que los replicantes no pueden fingir que les queda mucha vida, lo que los hace más desesperados y más conscientes.
La secuela de Dennis Villeneuve, Blade Runner 2049, añade una respuesta más a la pregunta sobre nuestra condición. A los pocos minutos de comenzar (por tanto esto no es un spoiler) descubrimos que los replicantes pueden tener hijos. Así que la paternidad, la capacidad de tener descendencia, se convierte también en un rasgo de humanidad, que de hecho los replicantes usarán para reivindicar su lugar en el mundo.
Caigo ahora en que la escena final de la película tiene algo, casi, de tópicamente navideño, pero como esto sí sería un spoiler, no la voy a describir. En todo caso, cuando vi la película me acordé de un libro de Fernando Savater: La vida eterna (Ariel, 2007). Fue la participación del autor en el debate sobre la forma en que las concepciones tradicionales de la naturaleza humana deberían ser revisadas a la luz de los descubrimientos científicos (neurociencias, genética…). Frente al materialismo radical de Dawkins, Pinker o Dennet, Savater reclamaba un espacio intocable para el ser humano, y lo hacía sin teologías ni metafísicas.
Después de ver Blade Runner 2049 busqué un párrafo que he utilizado en otras ocasiones para felicitar la navidad. Es este:
Los humanos no venimos al mundo para morir, sino para engendrar nuevas acciones y nuevos seres: somos hijos de nuestras propias obras y también padres de quienes emprenderán a partir de ellas o contra ellas trayectos inéditos. Lo más duradero y tónico de las religiones celebra el año nuevo, la nueva cosecha, la buena nueva de que “entre nosotros ha nacido un niño”. La ambigua lección de la vida transformada simbólicamente en espíritu no niega que procedemos del Caos ni que hasta el final deberemos debatirnos contra él, que siempre prevalece: pero también afirma, ingenua y triunfal, que nuestra misión pese a todo es dar a luz.
Feliz navidad.