First man y las listas de mejores películas del año

First man

Algunas listas de películas o libros me han resultado útiles, gracias a ellas he hecho grandes descubrimientos y pasado buenos ratos. Así que hace unos días hice una lista (o más bien varias) de mis películas preferidas de 2018, aprovechando que había ido mucho al cine. Luego me he arrepentido un poco. Cuando empecé este blog decidí que intentaría no hacer valoraciones del tipo “me ha gustado mucho”, “no vayáis a verla” o “tres estrellitas sobre cinco”. Y una lista, al final, establece una especie de canon, una escala en la que lo que está arriba es lo mejor y a medida que se desciende parece que también lo hace la calidad.

Además, me di cuenta de que se me habían escapado al menos un par de buenas películas por motivos diferentes. Una es La muerte de Stalin (Armando Iannucci), que vi hace un par de meses y de la que no me acordé  en el momento de hacer la lista. Pensé, ¿será que se me olvidó porque no me gustó? En absoluto, la recuerdo como una gran comedia negra, con una mirada singular sobre el estalinismo. Y entonces me pregunté, ¿y si he olvidado otras buenas películas? No puedo descartarlo.

La otra que olvidé incluir fue First man (Damien Chazelle). Este caso es distinto. Es una película que ha gustado a poca gente. Por no gustar, es posible que no me gustara ni a mí cuando la vi en el cine. Y el caso es que es más que interesante. Tiene un planteamiento a contracorriente respecto a las películas de viajes en el espacio, y más en concreto respecto a las que narran la historia de la carrera espacial, entre las que destaca Apolo XIII, de Ron Howard. En general, son relatos de aventuras que juegan con la fascinación del descubrimiento, con el espíritu de superación y con el afán de ir un paso más allá. Asoman el heroísmo y el ingenio. Hay decisiones difíciles que tomar y terminan por imponerse la cooperación y la solidaridad.

First Man
First man, Damien Chazelle, 2018

First man no es así. Desde el principio, parece concebida en contraposición a Apolo XIII. Empieza con unas escenas muy claustrofóbicas dentro de un avión y ese es el tono cada vez que el Neil Armstrong (Ryan Gosling) o cualquiera de sus compañeros se sube a un cacharro volador. No hay glamour en las imágenes, sino mucho tornillo y poca luz. Chazelle nos muestra la carrera espacial como una aventura enloquecida, un proyecto macabro que no para de reclamar vidas. Y, tras cada muerte, no nos lleva a un funeral de estado, sino a la casa de la viuda dolorida. De esta forma, resulta comprensible que el hombre que alcanzó el mayor éxito arrastre un enorme dolor. El Armstrong de First man no es un patriota valeroso, ni un osado descubridor, ni un científico embargado por el ansia de conocimiento. Es un hombre que no parece muy interesado en seguir vivo.

No creo que sea una película perfecta, pero parte de una idea poderosa. Recuerdo cuando se estrenó Sin perdón y se puso de moda decir que era una película desmitificadora. Con mucha más razón se podría decir de First man. También se puede entender como una película sobre el duelo, sobre un duelo que parece exigirlo todo del que lo experimenta. Si el señor Friedriksen, el protagonista de Up (Pete Docter), tiene que llegar hasta las Cataratas Paraíso para dejar ir a su mujer, Armstrong tiene que convertirse en el primer hombre en la luna para dejar atrás una pérdida terrible. Y, aun así, no está claro que lo logre.

Up
El Apolo XI del Sr. Friedriksen

He tardado en digerir First man. Creo que en parte tiene que ver con las expectativas que despertó la promoción, en parte con la anterior película de su director (La La Land) y en parte con que no es cómoda de ver. Pero es una película valiosa y arriesgada, salga o no en las listas de mejores del año. Lo cual confirma que es mucho mejor hablar de lo bueno de una obra que pretender encajarla en un canon provisional y discutible (todos lo son). Y también que lo más importante que nos sucede con las buenas películas, obras de teatro o libros tiene lugar bastante después de haberlas visto o leído. Si una obra es buena, irá cambiando en nuestro recuerdo y nos hablará cuando menos lo esperemos.

Vampiros en el cine de Hitchcock

Strangers on a train

Los héroes observan con preocupación cómo el sol se está poniendo. Corren, cabalgan o conducen todo lo rápido que pueden. El malvado también se apresura y también está preocupado. Sabe que lo persiguen y que si no lo detienen antes del ocaso estará salvado y se habrá salido con la suya. Para los héroes esto supondrá una terrible pérdida. A la luz del día, el villano es vulnerable. De noche se vuelve poderoso, letal.

He vuelto a ver Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951) poco después de terminar Drácula, la novela de Bram Stoker (en la edición de Cátedra de 2007). El desenlace de las dos historias se produce en una carrera contra la puesta de sol. No es lo único que tienen en común las dos historias.

El personaje de Drácula produce la mezcla de miedo y fascinación propia del diablo. Es libre y poderoso, vive al margen de la sociedad y hace realidad sus fantasías. Se cuela en la habitación de las chicas y las conduce a la perdición. Los caballeros occidentales que lo persiguen tienen que repetirse una y otra vez lo virtuosos que son, en especial cuando cortan cabezas y clavan estacas en el corazón. Se ha sugerido que Drácula es el reverso oscuro de Jonathan Harker, laborioso abogado, marido sin tacha y ciudadano del Imperio Británico.

Extraños en un tren comienza cuando dos desconocidos (Bruno Anthony, interpretado por Robert Walker, y Guy Hines, interpretado por Farley Granger) se encuentran durante un viaje y Bruno sugiere al Guy la posibilidad de intercambiar asesinatos: si cada uno liquida a la víctima del otro, nadie podrá relacionarlos. Pronto vemos que el primero es un trastornado, mientras que Hines sería la versión USA-años-50 de Harker: educado, apuesto y enamorado de la rica hija de un senador. Sólo tiene un problema: está casado con una mujer que no sólo le es infiel sino que se niega a concederle el divorcio. Hines, definitivamente, también tiene fantasías. Y tal vez más oscuras que las de Harker. Igual que en Drácula, el combate entre la virtud y el vicio esconde conflictos más complejos y mucho más interesantes (y a nadie le interesaban más que a Hitchcock). Bruno Anthony no tiene los poderes del vampiro, en realidad es un pobre diablo, pero también es capaz de causar un gran daño.

extraños en un tren
Todo depende del cristal con que se mire

Lo reprimido, la violencia contenida, las grietas de la moral son temas habituales de Hitchcock. Y aunque se le conozca como “el mago del suspense”, sus películas entran en ocasiones dentro del auténtico terror. No sé si leyó Drácula y si le gustaba. Lo cierto es que nunca recurrió a lo sobrenatural (que yo sepa, no he visto todas sus películas). Incluso cuando hizo enloquecer a todos los pájaros del cielo se negó a ofrecer una explicación, ni científica ni fantástica. Ocurría y punto.

Creo que a Stoker le interesaba el contraste entre los mitos sobrenaturales de orígenes inescrutables con la realidad británica de su tiempo, marcada por los avances científicos y tecnológicos tanto como por la moralidad victoriana. El viaje de Harker a Transilvania con el que comienza la novela es en realidad un viaje en el tiempo. A medida que se acerca a su destino cambia el tren por el coche de caballos, las costumbres se vuelven ancestrales, las lenguas incomprensibles y las indumentarias tradicionales. La civilización no ha llegado a todas partes y lo demoníaco no se ha extinguido.

Hitchcock hacía transcurrir sus historias en un presente bastante anodino. En Vértigo nos muestra a una mujer supuestamente poseída por un espíritu del San Francisco colonial, pero todo termina siendo una patraña, un señuelo. El que termina poseído y convertido casi en un no muerto es James Stewart. Hitchcock no tenía pretensiones sociológicas. Pero, siendo un británico nacido dos años después de la publicación de Drácula, heredó algunas de las obsesiones de la época anterior a la suya y proyectó sobre ellas una mirada única.

Una niña ha dejado su ciudad. Miyazaki y Pixar

El viaje de Chihiro

Una niña viaja en coche con sus padres. Han dejado su ciudad y se mudan a otra. Es un cambio duro para cualquiera, y mucho más para una muchacha a la que no le falta mucho para la adolescencia. La mudanza provocará una aventura invisible para el resto del mundo. La niña superará una prueba para la que no parecía preparada. Saldrá de ella transformada, convertida en otra persona.

Este podría ser el resumen de dos extraordinarias películas de animación: Del revés (Pete Docter, 2015) y El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). Debí de ver la peli japonesa antes que la de Pixar, pero no mucho antes. Y sin embargo, hasta ahora no había reparado en los puntos en común de ambas. Creo que se debe a que la primera vez que vi Chihiro me cogió desprevenido. La película se me quedó dentro, en particular la escena del viaje en tranvía (creo que le pasa a muchos espectadores), pero no lograba clasificarla. Algo que casi siempre es buena señal.

A la vuelta de vacaciones, decidí hacer un ciclo de Miyazaki para ver con los niños. Empezamos por Totoro y no pudimos empezar mejor. Al principio, no pensaba ponerles Chihiro porque no me parecía adecuada. Pensando sobre el motivo, sólo se me ocurría que no se parecía a las películas que suelen ver. Me di cuenta de que en realidad ese era un motivo para verla con ellos y acerté: les encantó.

Ver estas películas con ellos (aprovecharé para decir que mis preferidas de Miyazaki son Porco Rosso y El viento se levanta, aunque no diré que sean mejores que Chihiro ni que Totoro) ha sido una gran experiencia compartida, algo que hasta ahora me había pasado, principalmente, con las películas de Pixar. Bajo el efecto de Miyazaki, sin embargo, las del estudio californiano se me hacían un tanto pueriles. Sé que no es justo, Pixar tiene un buen puñado de obras maestras y hasta sus peores películas son divertidas. En todo caso, no pude evitar las comparaciones, y fue entonces cuando caí en las coincidencias argumentales de Del revés y de Chihiro, que son interesantes porque permiten que resalten mejor sus diferencias. Y en particular una que es de la que quiero hablar.

Riley Del Revés
Riley está enfadada

El secreto de Pixar no es, en realidad, ningún secreto: pese a ser célebre por desarrollar y llevar a sus más altas cotas la animación por ordenador, sus películas son grandes por cuestiones narrativas. Los guiones suelen ser piezas de orfebrería en las que todo encaja y que ofrecen diferentes niveles de lectura. La realización no pretende sorprendernos por su sofisticación técnica, sino que está al servicio de la historia. Resultado: los niños y los adultos disfrutan y padecen al mismo tiempo y con la misma intensidad, pero de algún modo están viendo películas distintas. En Del revés, la mayoría de los niños ve a unos personajes de colorines intentando regresar a un lugar mientras todo se desmorona a su alrededor. Saben que eso es importante para Riley, la niña, pero no alcanzan a comprender por qué. Los adultos entienden que nos están hablando de una quiebra emocional de la que Riley saldrá más madura. Apela a experiencias que un niño de nueve años, por ejemplo, no ha tenido o que comprenderá más adelante, cuando ya no sea un niño.

Chihiro
Después de la inundación

Con Miyazaki esto no es exactamente así. Por supuesto, en sus películas hay subtexto y distintas lecturas, pero mi impresión es que adulto y niño vemos básicamente la misma película. Los guiones son también excelentes, pero no son el mecanismo de precisión de Pixar. Muchas de las emociones nos llegan de una forma más básica, más vinculada al propio dibujo y a la animación. El brillo del paisaje inundado sobre el que circula el tranvía de Chihiro, unido a la expresión del personaje y a la maravillosa música, producen una sensación inmediata. Sabemos que ese es el momento culminante no porque lo pida la historia (de hecho es una secuencia previa al desenlace), sino de una forma más directa. Más parecida a como veíamos las películas de niños.

Miyazaki es un genio reverenciado en Japón desde los años noventa y en Occidente desde, al menos, El viaje de Chihiro (que suele aparecer en los lugares más altos en las clasificaciones de “lo mejor del siglo XXI”). Así que es posible que el apreciado lector ya haya visto sus películas. Aun así, puede que esta pequeña reflexión le aporte algo nuevo y le anime a verlas otra vez. Pero si el apreciado lector es, como yo hasta anteayer, un afortunado ignorante que no ha entrado en este mundo de espíritus, muchachas sin miedo, villanos con corazón y héroes honorables, entonces le digo: bienvenido a Miyazaki.

Un diario de vacaciones

Playa de Andrín

Día 1. Las vacaciones no han empezado hoy: las hemos retomado donde las dejamos, comiendo en La Pesa. Trece adultos y diecisiete niños, en mesas separadas. Hemos pedido todo lo que el camarero nos decía que había hecho su madre. Si la madre llega a salir de la cocina nos la pasamos en volandas como a una estrella de rock.

Al Alimerka he llegado de resaca. He llenado dos carros de ilusiones y esperanzas. Cuando la cajera me dicho el importe he disimulado el susto citando a Draghi: “and believe me, it will be enough”. La cajera me ha ofrecido la tarjeta Alimerka.

Esperábamos poco de la casa de este año y ha cumplido las expectativas. He mirado debajo de la cama por si habían escrito “tourists go home”. La frase de Epicuro me acompaña desde hace tiempo, pero a la vista de la decoración la mascullo con desesperación: la muerte nada es para nosotros.

Sidra
Zumo de manzana

Día 2. Primero realmente de vacaciones. Hemos ido a Andrín. Primera partida de petanca. Sí, qué pasa. No fingiré que es un deporte. Es un acto de creación. Formamos sistemas planetarios, galaxias, universos, en los que las bolas orbitan gentilmente. Luego los que pierden se pagan unas birras en el chiringuito.

F. es holandés y fanático de las croquetas. Está a una ración de la apropiación cultural.

***

Día 3. Hoy Álvaro me ha dicho: “Yo lo estoy pasando mejor que tú”. He visto el trapo rojo y he embestido, incapaz de escapar de mi destino. “¿Cómo lo sabes?” “Porque yo hago lo que me da la gana todo el tiempo”. Casi me vuelvo a Madrid.

Día de playaza, hasta que desde el mar ha empezado a llegar una bruma de otro tiempo, de otro lugar. De pronto parecía que estábamos en Laos, en Vietnam, en unas vacaciones aventureras y de autodescubrimiento. Era porque no veíamos a los niños.

Hemos descubierto el bádminton, otra forma de avergonzar a nuestros hijos. Tenemos ya todo un repertorio.

Vino español en casa de P. y M. los de Frankfurt. N. ha dicho que a un vino español sólo se va por trabajo, así que esto tenía que ser otra cosa. C. me ha llamado burgués porque sabe sabe lo que me gusta oír. Como la cosa se alargaba y no hacíamos ni amago de irnos P. de Frankfurt ha propuesto jugar un pañuelo. Qué mejor broche de oro. Al terminar he contado a cinco niños llorando. P. de Alicante pedía el VAR.

He ganado al bádminton y perdido al pañuelo. Lo que Asturias te da, Asturias te lo quita.

La Pesa
Nubes lejanas

Día 4. He propuesto ir a La Franca y resultó que no se podía ni aparcar. “Benidorm” se hizo tendencia. Nadie me reprochaba nada pero yo notaba sus miradas. Traté de hacerme perdonar perdiendo a la petanca, pero hasta eso me salió mal.

Cena con Arantxa en El Retiro (Pancar). Deliciosa. Queríamos una copa e hicimos unas llamadas. Los de Frankfurt estaban como nosotros. Habían colocado a sus cuatro hijos (eso es virtuosismo) y aceptaron tomar un gin tonic en casa. Antes de que llegaran descubrí que no tenía gin ni apenas casa. Fuimos a beber al merendero. Suena triste pero no lo fue. Una de las cosas más bonitas de hacerse mayor es constatar que hay amistades a las que no les afectan los kilómetros ni los años. De eso van nuestras vacaciones asturianas.

***

Día 5. Hemos jugado nuestro clásico, el partido de padres contra hijos. Los Darveiders contra los Caimanes de Fuego. Desde fuera puede parecer una lamentable pachanga, pero se ventilan asuntos críticos. Ellos lo perciben y corren como condenados, fingen faltas, nos birlan córners. Nosotros también lo percibimos, y preferimos bromear para que parezca que es un simple pasatiempo, algo que hacemos para entretener a los niños.

El dramatismo se desata cuando se produce un uno contra uno entre padre e hijo. A estas alturas yo ya no veo homo sapiens, veo cadenas de ADN como Neo veía caer el código de Matrix. Cuando, por ejemplo, J. encara a O., su padre, el 50% de los genes en conflicto son idénticos. Pero los genes de O. saben que están ante copias con mayor esperanza de vida y de reproducción: por eso son los padres los que se tiran al mar a rescatar a los hijos y no viceversa. Los Darveiders nos decimos antes del partido que no nos vamos a dejar, que los vamos a machacar. Pero enfrente no tenemos a un equipo de fútbol: tenemos millones de años de evolución biológica. Da igual lo que nos digamos, a la hora de la verdad fallaremos el penal, encogeremos la pierna.

Para abreviar el cuento: no hemos perdido nosotros, ha ganado la vida.

Los Darveiders
Dulce derrota

Día 6. Cinco días seguidos de playa. Para saber si esto había sucedido antes en Asturias hemos buscado a los más viejos del lugar, pero estaban de vacaciones en Benidorm. En su lugar hemos ido a preguntar a los más gordos. Éramos nosotros.

De hecho ha pasado algo terrible. Una foto trapera y prevaricadora ha revelado que estoy como un botijo. Eso no sería tan grave si no fuera porque N., O. y P. el de Frankfurt -que salen en la foto junto a mí- están visiblemente más delgados. Se debe a que esta mañana los tres se han subido una montaña y han vuelto como más ascéticos. A los que se elevan se les desprenden los pesares y se libran de lo superfluo. A los que permanecemos al nivel del mar se nos adhieren los cachopos.

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Día 7. Hoy era el último día de la abuela Ch. Yo debía llevarla a Torrelavega a eso de la 1 para que cogiera el tren a Madrid. A las 12 se ha caído y se ha hecho un boquete en el brazo que si me lo hago yo pido que me rocíen de sidra y me echen a la parrilla. A ella sólo le preocupaba no llegar tarde a la estación.

Cena en el merendero. Hemos discutido sobre cómo nos dividimos entre hombres y mujeres en las mesas, en las actividades y en la petanca. Hemos hecho una declaración de intenciones y hemos acordado que no buscaremos culpables. Una comisión estudiará las listas cremallera para la petanca.
Cada noche algunos niños se van a dormir a casa de otros. Nadie sabe cómo se organiza este trasiego, pero de momento ninguno ha dormido en el prao, así que bien. Alguna vez me he despertado y tenía a cinco para desayunar, y sólo uno era hijo mío. Hoy, en cambio, Arantxa y yo nos hemos encontrado solos en casa. Vacaciones dentro de las vacaciones. Como diría Lenin: ¿Qué hacer?

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Día 8. Nos ha pillado el toro. Ya hemos superado el ecuador y nos queda todo por hacer: bajar el Sella, la fiesta del queso, la cena A, la cena B, la macrocena con niños, la tradicional espicha, el funicular de Fuente Dé, la Senda del Oso, la revancha del clásico… Sólo hemos ido a Andrín un día y no hemos pisado Isla ni Borizu. Llegar a todo me parece agotador. Soy más partidario de quedarnos en el merendero mientras nos implantamos recuerdos ficticios, como Di Caprio en Origen pero con sidra en vez de los sueros esos chungos. Yo aprovecharía para estar más delgado y ganar siempre a la petanca. Mis sueños son cada vez más modestos. ¿Acaso no es este el camino a la felicidad? No lo creo.

Al final, las vacaciones son el recuerdo que guardas de ellas, y ese recuerdo puede ser parcial o totalmente inventado. La falsa memoria puede llevarte muy lejos. Sin ir más lejos, yo estoy a dos veranos de haber nacido en Niembro.

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Día 9. Fiesta del queso en Cuerres. Siempre voy con la ilusión de que nos quedemos hasta la verbena y bailemos Paquito el Chocolatero, pero a las nueve ya se nos han perdido cinco niños y nos subimos a casa de alguien tras hacernos con provisiones.

El gentío de la fiesta popular me recuerda a Perros de paja y me tienta hacerme con una escopeta de balines por si llegado el momento he de probar mi hombría. Luego pienso que siempre será mejor alegar que estaba desarmado.

Por la mañana estuvimos en una finca recogiendo frutos del bosque. Entorno sostenible y actividad educativa. Luego, verdinas para comer.

Las vacaciones las va ganando P. el de Frankfurt, que subió la montaña y ha cocinado sus propias verdinas. Para mí se abre un periodo de autocrítica que debe servirme para llegar mejor preparado a las del año que viene. A lo máximo que puedo aspirar ya esta temporada es a caerme al río y mantener así mi hegemonía en esta disciplina.

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Día 10. Hemos bajado el Sella con los niños. Éramos tantos que cuando sacábamos las piraguas del río bajaba el nivel de las aguas en virtud del principio de Arquímedes. La joven de Cangas Aventura intentó retrasarnos, pero con nosotros no valen artimañas. Nos hicimos a las aguas cual especie invasora.

Al terminar, los adultos estábamos triturados. Arantxa creía que se había roto algún órgano vital. A Cr. se le agarrotó un dedo y se le quedó cual garfio. A mí me dolía hasta pasar las páginas del libro. Todo mejoró con ibuprofeno, el invento del siglo. Nos va quedar un recuerdo de lujo. Hasta el bocata ese que nos dieron nos parecerá un manjar.

Por la noche, cena en El Cabañón. Esta cena siempre marca el principio del fin. Los niños lo sienten y aúllan a la luna. Los adultos nos reímos con cierta ansiedad. Alguien anuncia que no se queda hasta el 15.

La muerte nada es para nosotros.

Río Sella
Descendiendo el Río Sella

Día 11. Andrín con marea baja justifica unas vacaciones. Y si te dan sidra y percebes por 25 euros justifica una vida. Junto a nuestra playa, al oeste, hay otra a la que nunca vamos: la Ballota. Por lo visto es muy parecida, sólo que allí el castro queda a la derecha. Comento que tal vez en esa playa especular están nuestros gemelos oscuros, el reverso tenebroso de nuestro clan, nuestros yoes malos. N. dice que tal vez los malos seamos nosotros. N. sabe hacernos pensar.

Hemos avistado tres famosos hasta ahora: Rubalcaba, Oti Rodríguez Marchante y Pepu Hernández. Tienen en común su carácter crepuscular, lo que encaja a la perfección con nuestras vacaciones. Odiaríamos toparnos con un youtuber o con una instagramer. Estarán todos en La Ballota.

Cena de pescadazo en La Parrilla. Excelente. Intentamos impedir que F. pida croquetas. Creíamos haberlo conseguido, pero pasado el tiempo de descuento, en una maniobra audaz, consigue media ración. Eso es pensar fuera de la caja. Un español jamás consideraría posible comer croquetas después del postre. A veces tienen que venir de fuera para etcétera etcétera.

Playa de Andrín
Andrín

Día 12. Todo se vuelve más crepuscular, si cabe. Asoma cierta apatía. Es porque se van los primeros miembros del clan, pero también por algo más: tenemos todos los planes hechos para los días que quedan. Ya no podemos anticipar demasiada diversión y todavía no podemos recordar el placer reciente. Es como si nos hubiéramos quedado a medio camino entre el chiringuito y la playa y no alcanzáramos uno ni otro. Un limbo.

Las mujeres salieron a cenar y P. de Alicante nos acogió a padres y niños con barbacoa incluida. La indigestión acecha, pero la vamos esquivando. P. de Frankfurt llegó suplicando Almax y terminó tomando un whisky. O. se quedó en casa por la mañana pero por la noche gobernaba la parrilla como un capitán su navío. P. de Alicante, hace dos noches, llegó a la cena con serias dudas y salió a hombros.

Se van los alemanes. Su segunda, C., y mi Julia se despiden llorando. También venimos a Asturias por estas lágrimas.

***

Día 13. Improvisamos una marcha por el río Purón. Es apenas un paseo, pero los holandeses y nosotros lo alargamos perdiéndonos. El pueblo de Purón son cuatro casas con un acceso terrible y una señora encantadora que borda trajes regionales. Caigo en las inevitables fantasías: cómo será vivir aquí sin cobertura. Yo no aguantaría ni un mes, pero estoy más crepuscular que nunca.

Por la tarde/noche celebramos la tradicional espicha de despedida, que es como un funeral irlandés, o al menos como los funerales irlandeses que salen en las películas. Cantamos Asturias patria querida con la pasión que sólo pueden poner unos turistas madrileños. Damos salida a lo que nos queda en la nevera. Hacemos planes para el año que viene, intentando que en lugar de terminar estas vacaciones demos inicio a las siguientes.

Día 14. El Arenal de Morís con marea baja y sin apenas bañistas ha sido una gozada. Olas de tres metros y partidas de petanca espectaculares, pura fantasía y virtuosismo. Lo hemos disfrutado con la serenidad de quien sabe que ya lo ha dado todo. La muerte nada es para nosotros.

Por la tarde, abrazos y besos de despedida. Algunos volveremos a vernos en unos días, con otros nos reencontraremos en Navidad, si encajan las piezas. Pero nunca somos los mismos en Asturias que en Madrid, Alicante, Utrecht o Frankfurt. Nos despedimos hasta el año que viene incluso de nosotros mismos. De los dobles que dejamos junto al Cantábrico.

Por la noche, paseamos por la ilustre villa de Llanes. Sentado en la muralla veo las nubes que atraviesan la Sierra del Cuera dejando las cumbres al descubierto. A mi izquierda luce un faro, tal vez en Vidiago. El casco antiguo está iluminado y llegan gritos de niños que juegan en la playa del Sablón. Comemos bocadillos en la calle y volvemos al coche con helados. Aquí lo retomaremos el año que viene.

Día 15. Epílogo. Cada familia ha tomado un rumbo, continuamos las vacaciones tierra adentro. Otras voces, otros ámbitos.

A partir de ahora empieza lo más importante. Nuestra memoria individual y colectiva modificará los acontecimientos. Si todo va bien, desaparecerán las pequeñas tiranteces y las inevitables frustraciones. Con el tiempo no estaremos seguros de cuándo bajamos el Sella o de quién trajo la petanca por primera vez. Creeremos, a conveniencia, que nunca comimos mejores sardinas o croquetas.

Los niños no podrán olvidar nunca Asturias, su Asturias, tan diferente de la de cualquiera. Si la infancia es la única patria, estos veraneos formarán parte para siempre de su identidad. Tendrán mil vivencias, conocerán a mucha gente, pero el tacto de la amistad empapada y su sabor salado, el espíritu de aventura y descubrimiento, serán un refugio permanente y una boya en altamar. O eso espero.

Los recuerdos asturianos de los adultos de este clan se remontan a las fiestas de San Timoteo, en Luarca, de hace dos décadas. Allí empezó lo que ahora continuamos cada agosto. Conocimos aquello gracias a dos queridos amigos de los que nos acordamos mucho estos días: Felipe y Cova. Este diario está dedicado a ellos.

 

Fui a ver Casi 40 con uno de casi 10

Quería ir a ver Casi 40, la película de David Trueba. Tenía que darme prisa si quería llegar antes de que empezara. Álvaro estaba en el sofá, aburrido. No había querido bajar con su hermana a la piscina. Le pregunté si quería acompañarme y me dijo que sí.

La película estaba calificada para mayores de siete años, así que eso no era problema (él tiene nueve). El problema era que Casi 40 es lo que muchos llamarían una película “lenta” o “en la que no pasa nada”. O sea que cabía la posibilidad de que se aburriera un niño para el que la cumbre del cine es Vengadores: Infinty war.

Tres o cuatro veces le susurré para explicarle lo que yo creía que los personajes estaban sintiendo aunque trataran de disimular. Nos reímos con varias bromas y comentamos que nos gustaban las canciones que cantaba Lucía Jiménez.

Al salir me dijo que le había gustado. Es difícil saber exactamente por qué. Él, que todavía no se ha enamorado, no puede entender por qué un adulto podría quedar atrapado en la nostalgia del primer amor.

No, no pudo entender la película, y sin embargo sé que era sincero cuando dijo que le había gustado. Vio o sintió algo que le afectó, que le divirtió o que le provocó curiosidad. Tal vez un chiste, tal vez la intimidad entre los protagonistas, tal vez la vulnerabilidad que experimentan los adultos sin necesidad de estar amenazados por una invasión extraterrestre.

Me alegro mucho de haber ido con Álvaro. Me parece importante que los niños entren en contacto con otros lenguajes que no sean los de las superproducciones, con obras artísticas que no les produzcan una satisfacción inmediata. Creo, espero, que le ayude cuando crezca a explorar sin prejuicios las innumerables formas de expresión cultural.

Recuerdo la primera vez que vi Ciudadano Kane, creo que tenía trece años. Me fui a la cama entristecido por el lamentable fracaso de su protagonista, pero creo que ni siquiera habría podido explicar que era la historia de un fracaso.

No tengo nada contra las películas de superhéroes, al contrario, me divierte verlas con los niños comiendo palomitas. Pero deben saber que hay otras películas, otros cómics, otros libros, menos inmediatos, que se quedan contigo durante más tiempo y que te dejan a veces más preguntas que respuestas.

Y habría que explicarles que las mejores obras artísticas no se hacen para entenderlas, o no al menos en primer lugar, sino para experimentarlas.

La hazaña secreta: la planta junto al sillón es tu jardín

Compré La hazaña cotidiana, el libro de Ismael Grasa publicado por Turner, porque no me quedó más remedio: de pronto, varios escritores y comentaristas de cuyo criterio me fío, lo recomendaban con entusiasmo. No puedo agradecérselo lo suficiente: el libro es una joya.

Desde que lo leí me esfuerzo por explicar lo que es, con poco éxito. Tiene menos de cien páginas en un formato de bolsillo. Habla de zapatos y de jardines, de restaurantes y de artículos de papelería. Es un elogio de la cortesía y un enaltecimiento de la vida urbana. Ofrece consejos de, digamos, urbanidad, pero también tiene reflexiones políticas. Incluye citas literarias y filosóficas de muy diversa naturaleza. ¿Qué es? Diría que un libro de ética, la visión del autor sobre lo que es la vida buena.

Si William Morris nos instaba a no tener en casa “nada que no sepas que es útil o que no consideres bello”, Grasa es más modesto, como corresponde al realista frente al utópico. Nos invita a tener algo valioso: un mueble antiguo entre muchos funcionales, unos traje bien cortado entre los vaqueros, una planta junto a un sillón donde sentarse a leer con luz natural. Para él, la cortesía no es la máscara bajo la que se oculta la maldad innata del hombre ni el corsé que asfixia la bella naturaleza del buen salvaje; al contrario, es el descortés el que se disfraza, el que oculta lo mejor de sí mismo.

Lo que hace grande a este pequeño libro es lo que hace grandes a todos los libros: el lenguaje y el estilo del autor son inseparables de lo que cuenta. La hazaña secreta es como una cama cuidadosamente hecha antes de ir al trabajo, como un cinturón elegido con cuidado, como una lámpara heredada que pasará a la siguiente generación, como un saludo amable a un conocido con el que nos cruzamos. Es una empresa que se acomete con afán de que perdure sin necesidad de que nos procure la gloria. El libro no parece pensado tanto para que yo escriba sobre él en un blog o en las redes sociales como para que lo deje en la mesa del salón y alguien -el amigo que nos visita, el hijo que va creciendo, el enviado a recoger un pedido -pueda tomarlo, abrirlo, hojearlo y cerrarlo después sintiéndose reconfortado, aliviado, esperanzado.

Dejé de subrayarlo porque no tenía sentido: tendría que hacerlo desde la primera palabra hasta la última. Con todo, traigo aquí una cita que me gusta especialmente:

No existe lo profundo desvinculado de las cosas, de los gestos y las rutinas, de lo que decimos al bajar la calle.

La taza de té y el vaso de leche

Get out! (Déjame salir), la película de Jordan Peele, es excelente por varios motivos que están recogidos en esta crítica de Fernanda Solórzano. Parece una película de terror que utiliza los recursos típicos del género con maestría convencional, como si fuera el examen de un alumno brillante que desea impresionar al profesor. La genialidad está en cómo Peele convierte la película en una sátira al combinarla con una ácida metáfora racial. Yo quiero hablar sólo de un pequeño elemento, casi un detalle, que me ha gustado especialmente.

Uno de los personajes de la película hipnotiza al protagonista (y se supone que antes a más gente) agitando la cucharita de una taza de té. En cuanto vemos que esto sucede, la taza adquiere propiedades mágicas. ¿Puede hipnotizarsa a alguien de esta manera? Al espectador eso no le importa: cuando vea en pantalla la famosa taza se sentirá inquieto, y en cuanto oiga el tintineo de la cucharita sabrá que algo horrible va a ocurrir. ¡También él ha sido hipnotizado!

En Occidente, el té se asocia con las clases distinguidas. En una película en la que cuentan tanto los estereotipos, está claro que no es una bebida de negros. El motín del té es el origen de la Revolución Americana, una revuelta contra los abusos impositivos de la metrópoli. La libertad se identificó allí, desde el principio, con el beneficio económico de la burguesía. Su mayor teórico, Thomas Jefferson, tenía esclavos negros en su finca de Monticello. El racismo, nos dice Peele, no es cosa de cuatro paletos del sur, sino que se oculta, bien disimulado, en los acomodados hogares de los herederos y beneficiarios de la Revolución, los WASP liberales que votaron a Obama. Tilín tilín, hora del té.

La taza de té de Get out! me ha recordado al vaso de leche de Encadenados. Mientras Cary Grant la considera una perdida carente de los principios que deben adornar a una mujer cabal, la pobre Ingrid Bergman lleva a cabo una peligrosa misión de espionaje fingiéndose la perfecta esposa para el nazi Claude Rains. Por desgracia, Rains lo averigua y, con ayuda de su madre, va envenenando poco a poco a Bergman. Para -supuestamente -aliviar su malestar, le llevan a la cama un vaso de leche. Lo que normalmente simbolizaría los cuidados amorosos al familiar enfermo, adquiere entonces propiedades malignas.

Las dos películas (que, por lo demás, parten de intenciones muy distintas) nos enseñan lo que se oculta tras una gran casa de aspecto irreprochable, lo que en los anuncios de viviendas llamarían “finca representativa”. Cruzamos con los protagonistas el umbral de infiernos domésticos. Los sótanos ocultan secretos, lo inofensivo sirve para esclavizar o para asesinar. Esa capacidad para dotar a objetos cotidianos de una simbología propia es parte de lo que se llama “la magia del cine”. Magia negra, en este caso.

William Morris y el túnel del terror

Hace dos meses no había oído hablar de William Morris. Entonces me tropecé en Twitter con el anuncio de una exposición sobre él y su obra en la Fundación Juan March, y lo encontré interesante: un británico que en el siglo XIX había renegado de la sociedad industrial y reivindicado los oficios como forma de arte. En lo artístico, era cercano a los prerrafaelitas, quienes, muy resumidamente, creían que el arte se había echado a perder a partir del Renacimiento, cuando pintores y escultores habían empezado a constituir talleres y a producir casi en serie.

william morris
william morris

Poco después me encontré de nuevo con William Morris en la novela de Michel Houellebecq El mapa y el territorio (Anagrama). En el libro se habla de Morris como de una figura ya olvidada pero que en su momento propuso una alternativa al camino del progreso industrial. Lo imaginé como una especie de mesías al que nadie siguió, un tipo quijotesco no sólo por su rechazo a la banalidad de lo real sino por su fe en un pasado glorioso y perdido: una edad de oro.
Sin embargo, Morris también era socialista. En el libro de Houellebecq se le vincula con Fourier, utópico padre de los falansterios, aunque en sus últimos años se hizo marxista. Es decir, Morris no sólo creía en una edad de oro en el pasado, también en una en el futuro. Más en concreto, tenía una gran confianza en el poder transformador de la creación artística. Quería que cada hombre y cada mujer produjeran objetos artesanales valiosos, de los que se responsabilizaran desde su concepción hasta su finalización. Todo en el seno de una sociedad sin clases.
La exposición sobre Morris está llena de objetos realmente bellos, pero lo que me atrajo de él es su forma de ver el mundo. La victoria de Trump y del brexit ha llevado a algunos intelectuales a preguntarse por la vigencia del pensamiento reaccionario. Mark Lilla lo ha estudiado en La mente naufragada (Debate), libro en el que propone que lo que diferencia al progresista del conservador -y, en los límites, al revolucionario del reaccionario- es precisamente la idealización del futuro o la del pasado. El revolucionario no puede esperar porque el porvenir es maravilloso; el reaccionario tampoco puede esperar para volver al paraíso perdido. Morris encajaba en los dos tipos.

la mente naufragada
la mente naufragada

Probablemente hay mucha gente como Morris, personas que creen que vivimos en un túnel del terror en el que un día entramos y del que un día saldremos, aunque quién sabe si llegaremos a ver la luz. A mí me parece una forma deprimente y estéril de ver la vida (además de equivocada), pero la existencia de Morris fue de todo menos estéril. Fundó una compañía que fabricaba productos de la forma en que él creía que debía hacerse, con procesos totalmente artesanales y en un ambiente saludable, alejado de las condiciones de las fábricas victorianas. Sorprendentemente (o no tanto) el mercado le premió con un gran éxito. Además, creó escuela, y muchos artistas del siglo XX vieron en él una inspiración. “No tengas nada en tu casa que no sepas que es útil o que no consideres bello”, aconsejó.
Si hay una lección que extraer de la vida de Morris, tal vez sea que al mundo no le importa como lo veas, sino lo que hagas mientras estés en él.

Lo que los mapas y calendarios nos dicen de nosotros mismos

Desde niños nos acostumbramos a usar mapas y consultar calendarios. Son objetos tan familiares que no solemos pensar en ellos como innovaciones tecnológicas, a pesar de que lo fueron en su día, y probablemente de las más importantes en la historia de la humanidad. Y no son, precisamente, ingenios sencillos, evidentes. Sus creadores y perfeccionadores (miles de personas a lo largo de la historia) se enfrentaban a dos retos imposibles: recrear en un plano una imagen procedente de una esfera y dividir en unidades lo más homogéneas posibles periodos de tiempo de una duración muy caprichosa.
Llegar al calendario actual, con sus doce meses de entre 28 y 31 días y sus bisiestos cada cuatro años, ha sido una tarea tan compleja que no se concluyó hasta la reforma del papa Gregorio XIII en 1582, como explica en este estupendo artículo el astrónomo Rafael Bachiller. El resultado final fue el fruto de un proceso de modificaciones graduales, de apaños y parches, como si una catedral gótica se hubiera ido adaptando a lo largo de los siglos hasta convertirse en un pabellón de baloncesto que, sobre las gradas y entre los marcadores electrónicos conservara todavía los arbotantes. Por eso septiembre es el noveno mes en lugar del séptimo, octubre el décimo y no el octavo, etc. Los revolucionarios franceses quisieron borrar las huellas del pasado, tal vez por su voluntad de racionalizar, o tal vez por su deseo de hacer tabla rasa con el pasado. Todo lo antiguo era sospechoso.
Algo parecido ha ocurrido más recientemente con los mapas. Los que estamos acostumbrados a ver desde pequeños se basan en la proyección de Mercator, que data de la misma época que el calendario gregoriano. Hacia los años 60 del siglo XX la creación de Mercator fue acusada de eurocentrista porque exageraba el tamaño de los países del hemisferio norte frente a los cercanos al ecuador, es decir: los países y regiones más pobres de la tierra aparecían apocados, disminuidos, sometidos. Era el apogeo de la posmodernidad en el mundo académico, y se decía que los discursos y los símbolos creaban relaciones de poder desequilibradas. Disfrazada de objetividad científica se nos colaba la voluntad de dominio de los poderosos. En 1973, el alemán Arno Peters publicó una nueva proyección que, al contrario que la de Mercator, era respetuosa con las extensiones reales de los continentes. África y América del Sur salían ganando, Europa, en cambio, se veía reducida. La proyección de Peters fue un éxito de ventas sin precedentes para un mapa. Se convirtió en un símbolo político.

Proyección de Peters
La proyección de Peters

El problema es que Peters mejoró la representación del mundo en lo que se refiere al área que ocupan los continentes a costa de empeorar drásticamente las distancias y las formas. Lo cual nos devuelve a Mercator. Es injusto que mucha gente piense en él, ahora, como un malvado precursor del colonialismo, como un soberbio eurocentrista. Como explica Jerry Brotton en Historia del mundo en 12 mapas (Debate), Mercator era justo lo contrario: un hombre tolerante, horrorizado por los conflictos religiosos que vivía Europa, y que soñaba con un mundo más tolerante y generoso. Su proyección pretendía mirar el mundo desde fuera mucho antes de las primeras fotos desde el espacio. Su mensaje era parecido al de Carl Sagan cuatro siglos más tarde: mirando nuestro planeta desde lejos, deberíamos ser más humildes y más solidarios con quienes habitamos este punto azul pálido. Desde un punto de vista más práctico, Mercator diseñó la proyección más útil hasta la fecha para los navegantes, y este fue precisamente el motivo de su éxito. Puede que las proporciones de los continentes no fueran muy precisas, pero las distancias y la división en paralelos y meridianos sí lo eran. Él creía en el comercio y en el contacto cultural. Era un globalista adelantado a su tiempo.

Cuando miramos un mapa (o un calendario), podemos ver mucho más que países, ríos o cordilleras. Podemos ver nuestra historia, nuestras ansiedades y nuestras aspiraciones.

 

Blade runner 2049, película navideña

La película original, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), gira en torno a una pregunta eterna: ¿qué nos hace humanos? La respuesta que da Scott es doble: nuestra memoria -algunos recuerdos íntimos, familiares, ya sean gratos o dolorosos -y la conciencia de nuestra mortalidad. Pero de la memoria no podemos fiarnos: es engañosa y maleable. En cambio, la muerte no nos va a fallar.
El debate en torno a Blade Runner ha sido siempre si Deckard (Harrison Ford) es o no un replicante. A mí me parece que la pregunta no tiene mucho sentido, porque, ¿qué diferencia hay al final entre un replicante y un humano tal y como se nos muestran? La película es radicalmente materialista: somos máquinas de obsolescencia programada. La única diferencia es que los replicantes no pueden fingir que les queda mucha vida, lo que los hace más desesperados y más conscientes.
La secuela de Dennis Villeneuve, Blade Runner 2049, añade una respuesta más a la pregunta sobre nuestra condición. A los pocos minutos de comenzar (por tanto esto no es un spoiler) descubrimos que los replicantes pueden tener hijos. Así que la paternidad, la capacidad de tener descendencia, se convierte también en un rasgo de humanidad, que de hecho los replicantes usarán para reivindicar su lugar en el mundo.
Caigo ahora en que la escena final de la película tiene algo, casi, de tópicamente navideño, pero como esto sí sería un spoiler, no la voy a describir. En todo caso, cuando vi la película me acordé de un libro de Fernando Savater: La vida eterna (Ariel, 2007). Fue la participación del autor en el debate sobre la forma en que las concepciones tradicionales de la naturaleza humana deberían ser revisadas a la luz de los descubrimientos científicos (neurociencias, genética…). Frente al materialismo radical de Dawkins, Pinker o Dennet, Savater reclamaba un espacio intocable para el ser humano, y lo hacía sin teologías ni metafísicas.
Después de ver Blade Runner 2049 busqué un párrafo que he utilizado en otras ocasiones para felicitar la navidad. Es este:
Los humanos no venimos al mundo para morir, sino para engendrar nuevas acciones y nuevos seres: somos hijos de nuestras propias obras y también padres de quienes emprenderán a partir de ellas o contra ellas trayectos inéditos. Lo más duradero y tónico de las religiones celebra el año nuevo, la nueva cosecha, la buena nueva de que “entre nosotros ha nacido un niño”. La ambigua lección de la vida transformada simbólicamente en espíritu no niega que procedemos del Caos ni que hasta el final deberemos debatirnos contra él, que siempre prevalece: pero también afirma, ingenua y triunfal, que nuestra misión pese a todo es dar a luz.
Feliz navidad.