La película original, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), gira en torno a una pregunta eterna: ¿qué nos hace humanos? La respuesta que da Scott es doble: nuestra memoria -algunos recuerdos íntimos, familiares, ya sean gratos o dolorosos -y la conciencia de nuestra mortalidad. Pero de la memoria no podemos fiarnos: es engañosa y maleable. En cambio, la muerte no nos va a fallar.
El debate en torno a Blade Runner ha sido siempre si Deckard (Harrison Ford) es o no un replicante. A mí me parece que la pregunta no tiene mucho sentido, porque, ¿qué diferencia hay al final entre un replicante y un humano tal y como se nos muestran? La película es radicalmente materialista: somos máquinas de obsolescencia programada. La única diferencia es que los replicantes no pueden fingir que les queda mucha vida, lo que los hace más desesperados y más conscientes.
La secuela de Dennis Villeneuve, Blade Runner 2049, añade una respuesta más a la pregunta sobre nuestra condición. A los pocos minutos de comenzar (por tanto esto no es un spoiler) descubrimos que los replicantes pueden tener hijos. Así que la paternidad, la capacidad de tener descendencia, se convierte también en un rasgo de humanidad, que de hecho los replicantes usarán para reivindicar su lugar en el mundo.
Caigo ahora en que la escena final de la película tiene algo, casi, de tópicamente navideño, pero como esto sí sería un spoiler, no la voy a describir. En todo caso, cuando vi la película me acordé de un libro de Fernando Savater: La vida eterna (Ariel, 2007). Fue la participación del autor en el debate sobre la forma en que las concepciones tradicionales de la naturaleza humana deberían ser revisadas a la luz de los descubrimientos científicos (neurociencias, genética…). Frente al materialismo radical de Dawkins, Pinker o Dennet, Savater reclamaba un espacio intocable para el ser humano, y lo hacía sin teologías ni metafísicas.
Después de ver Blade Runner 2049 busqué un párrafo que he utilizado en otras ocasiones para felicitar la navidad. Es este:
Los humanos no venimos al mundo para morir, sino para engendrar nuevas acciones y nuevos seres: somos hijos de nuestras propias obras y también padres de quienes emprenderán a partir de ellas o contra ellas trayectos inéditos. Lo más duradero y tónico de las religiones celebra el año nuevo, la nueva cosecha, la buena nueva de que “entre nosotros ha nacido un niño”. La ambigua lección de la vida transformada simbólicamente en espíritu no niega que procedemos del Caos ni que hasta el final deberemos debatirnos contra él, que siempre prevalece: pero también afirma, ingenua y triunfal, que nuestra misión pese a todo es dar a luz.
Feliz navidad.

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