Un diario de vacaciones

Playa de Andrín

Día 1. Las vacaciones no han empezado hoy: las hemos retomado donde las dejamos, comiendo en La Pesa. Trece adultos y diecisiete niños, en mesas separadas. Hemos pedido todo lo que el camarero nos decía que había hecho su madre. Si la madre llega a salir de la cocina nos la pasamos en volandas como a una estrella de rock.

Al Alimerka he llegado de resaca. He llenado dos carros de ilusiones y esperanzas. Cuando la cajera me dicho el importe he disimulado el susto citando a Draghi: “and believe me, it will be enough”. La cajera me ha ofrecido la tarjeta Alimerka.

Esperábamos poco de la casa de este año y ha cumplido las expectativas. He mirado debajo de la cama por si habían escrito “tourists go home”. La frase de Epicuro me acompaña desde hace tiempo, pero a la vista de la decoración la mascullo con desesperación: la muerte nada es para nosotros.

Sidra
Zumo de manzana

Día 2. Primero realmente de vacaciones. Hemos ido a Andrín. Primera partida de petanca. Sí, qué pasa. No fingiré que es un deporte. Es un acto de creación. Formamos sistemas planetarios, galaxias, universos, en los que las bolas orbitan gentilmente. Luego los que pierden se pagan unas birras en el chiringuito.

F. es holandés y fanático de las croquetas. Está a una ración de la apropiación cultural.

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Día 3. Hoy Álvaro me ha dicho: “Yo lo estoy pasando mejor que tú”. He visto el trapo rojo y he embestido, incapaz de escapar de mi destino. “¿Cómo lo sabes?” “Porque yo hago lo que me da la gana todo el tiempo”. Casi me vuelvo a Madrid.

Día de playaza, hasta que desde el mar ha empezado a llegar una bruma de otro tiempo, de otro lugar. De pronto parecía que estábamos en Laos, en Vietnam, en unas vacaciones aventureras y de autodescubrimiento. Era porque no veíamos a los niños.

Hemos descubierto el bádminton, otra forma de avergonzar a nuestros hijos. Tenemos ya todo un repertorio.

Vino español en casa de P. y M. los de Frankfurt. N. ha dicho que a un vino español sólo se va por trabajo, así que esto tenía que ser otra cosa. C. me ha llamado burgués porque sabe sabe lo que me gusta oír. Como la cosa se alargaba y no hacíamos ni amago de irnos P. de Frankfurt ha propuesto jugar un pañuelo. Qué mejor broche de oro. Al terminar he contado a cinco niños llorando. P. de Alicante pedía el VAR.

He ganado al bádminton y perdido al pañuelo. Lo que Asturias te da, Asturias te lo quita.

La Pesa
Nubes lejanas

Día 4. He propuesto ir a La Franca y resultó que no se podía ni aparcar. “Benidorm” se hizo tendencia. Nadie me reprochaba nada pero yo notaba sus miradas. Traté de hacerme perdonar perdiendo a la petanca, pero hasta eso me salió mal.

Cena con Arantxa en El Retiro (Pancar). Deliciosa. Queríamos una copa e hicimos unas llamadas. Los de Frankfurt estaban como nosotros. Habían colocado a sus cuatro hijos (eso es virtuosismo) y aceptaron tomar un gin tonic en casa. Antes de que llegaran descubrí que no tenía gin ni apenas casa. Fuimos a beber al merendero. Suena triste pero no lo fue. Una de las cosas más bonitas de hacerse mayor es constatar que hay amistades a las que no les afectan los kilómetros ni los años. De eso van nuestras vacaciones asturianas.

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Día 5. Hemos jugado nuestro clásico, el partido de padres contra hijos. Los Darveiders contra los Caimanes de Fuego. Desde fuera puede parecer una lamentable pachanga, pero se ventilan asuntos críticos. Ellos lo perciben y corren como condenados, fingen faltas, nos birlan córners. Nosotros también lo percibimos, y preferimos bromear para que parezca que es un simple pasatiempo, algo que hacemos para entretener a los niños.

El dramatismo se desata cuando se produce un uno contra uno entre padre e hijo. A estas alturas yo ya no veo homo sapiens, veo cadenas de ADN como Neo veía caer el código de Matrix. Cuando, por ejemplo, J. encara a O., su padre, el 50% de los genes en conflicto son idénticos. Pero los genes de O. saben que están ante copias con mayor esperanza de vida y de reproducción: por eso son los padres los que se tiran al mar a rescatar a los hijos y no viceversa. Los Darveiders nos decimos antes del partido que no nos vamos a dejar, que los vamos a machacar. Pero enfrente no tenemos a un equipo de fútbol: tenemos millones de años de evolución biológica. Da igual lo que nos digamos, a la hora de la verdad fallaremos el penal, encogeremos la pierna.

Para abreviar el cuento: no hemos perdido nosotros, ha ganado la vida.

Los Darveiders
Dulce derrota

Día 6. Cinco días seguidos de playa. Para saber si esto había sucedido antes en Asturias hemos buscado a los más viejos del lugar, pero estaban de vacaciones en Benidorm. En su lugar hemos ido a preguntar a los más gordos. Éramos nosotros.

De hecho ha pasado algo terrible. Una foto trapera y prevaricadora ha revelado que estoy como un botijo. Eso no sería tan grave si no fuera porque N., O. y P. el de Frankfurt -que salen en la foto junto a mí- están visiblemente más delgados. Se debe a que esta mañana los tres se han subido una montaña y han vuelto como más ascéticos. A los que se elevan se les desprenden los pesares y se libran de lo superfluo. A los que permanecemos al nivel del mar se nos adhieren los cachopos.

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Día 7. Hoy era el último día de la abuela Ch. Yo debía llevarla a Torrelavega a eso de la 1 para que cogiera el tren a Madrid. A las 12 se ha caído y se ha hecho un boquete en el brazo que si me lo hago yo pido que me rocíen de sidra y me echen a la parrilla. A ella sólo le preocupaba no llegar tarde a la estación.

Cena en el merendero. Hemos discutido sobre cómo nos dividimos entre hombres y mujeres en las mesas, en las actividades y en la petanca. Hemos hecho una declaración de intenciones y hemos acordado que no buscaremos culpables. Una comisión estudiará las listas cremallera para la petanca.
Cada noche algunos niños se van a dormir a casa de otros. Nadie sabe cómo se organiza este trasiego, pero de momento ninguno ha dormido en el prao, así que bien. Alguna vez me he despertado y tenía a cinco para desayunar, y sólo uno era hijo mío. Hoy, en cambio, Arantxa y yo nos hemos encontrado solos en casa. Vacaciones dentro de las vacaciones. Como diría Lenin: ¿Qué hacer?

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Día 8. Nos ha pillado el toro. Ya hemos superado el ecuador y nos queda todo por hacer: bajar el Sella, la fiesta del queso, la cena A, la cena B, la macrocena con niños, la tradicional espicha, el funicular de Fuente Dé, la Senda del Oso, la revancha del clásico… Sólo hemos ido a Andrín un día y no hemos pisado Isla ni Borizu. Llegar a todo me parece agotador. Soy más partidario de quedarnos en el merendero mientras nos implantamos recuerdos ficticios, como Di Caprio en Origen pero con sidra en vez de los sueros esos chungos. Yo aprovecharía para estar más delgado y ganar siempre a la petanca. Mis sueños son cada vez más modestos. ¿Acaso no es este el camino a la felicidad? No lo creo.

Al final, las vacaciones son el recuerdo que guardas de ellas, y ese recuerdo puede ser parcial o totalmente inventado. La falsa memoria puede llevarte muy lejos. Sin ir más lejos, yo estoy a dos veranos de haber nacido en Niembro.

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Día 9. Fiesta del queso en Cuerres. Siempre voy con la ilusión de que nos quedemos hasta la verbena y bailemos Paquito el Chocolatero, pero a las nueve ya se nos han perdido cinco niños y nos subimos a casa de alguien tras hacernos con provisiones.

El gentío de la fiesta popular me recuerda a Perros de paja y me tienta hacerme con una escopeta de balines por si llegado el momento he de probar mi hombría. Luego pienso que siempre será mejor alegar que estaba desarmado.

Por la mañana estuvimos en una finca recogiendo frutos del bosque. Entorno sostenible y actividad educativa. Luego, verdinas para comer.

Las vacaciones las va ganando P. el de Frankfurt, que subió la montaña y ha cocinado sus propias verdinas. Para mí se abre un periodo de autocrítica que debe servirme para llegar mejor preparado a las del año que viene. A lo máximo que puedo aspirar ya esta temporada es a caerme al río y mantener así mi hegemonía en esta disciplina.

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Día 10. Hemos bajado el Sella con los niños. Éramos tantos que cuando sacábamos las piraguas del río bajaba el nivel de las aguas en virtud del principio de Arquímedes. La joven de Cangas Aventura intentó retrasarnos, pero con nosotros no valen artimañas. Nos hicimos a las aguas cual especie invasora.

Al terminar, los adultos estábamos triturados. Arantxa creía que se había roto algún órgano vital. A Cr. se le agarrotó un dedo y se le quedó cual garfio. A mí me dolía hasta pasar las páginas del libro. Todo mejoró con ibuprofeno, el invento del siglo. Nos va quedar un recuerdo de lujo. Hasta el bocata ese que nos dieron nos parecerá un manjar.

Por la noche, cena en El Cabañón. Esta cena siempre marca el principio del fin. Los niños lo sienten y aúllan a la luna. Los adultos nos reímos con cierta ansiedad. Alguien anuncia que no se queda hasta el 15.

La muerte nada es para nosotros.

Río Sella
Descendiendo el Río Sella

Día 11. Andrín con marea baja justifica unas vacaciones. Y si te dan sidra y percebes por 25 euros justifica una vida. Junto a nuestra playa, al oeste, hay otra a la que nunca vamos: la Ballota. Por lo visto es muy parecida, sólo que allí el castro queda a la derecha. Comento que tal vez en esa playa especular están nuestros gemelos oscuros, el reverso tenebroso de nuestro clan, nuestros yoes malos. N. dice que tal vez los malos seamos nosotros. N. sabe hacernos pensar.

Hemos avistado tres famosos hasta ahora: Rubalcaba, Oti Rodríguez Marchante y Pepu Hernández. Tienen en común su carácter crepuscular, lo que encaja a la perfección con nuestras vacaciones. Odiaríamos toparnos con un youtuber o con una instagramer. Estarán todos en La Ballota.

Cena de pescadazo en La Parrilla. Excelente. Intentamos impedir que F. pida croquetas. Creíamos haberlo conseguido, pero pasado el tiempo de descuento, en una maniobra audaz, consigue media ración. Eso es pensar fuera de la caja. Un español jamás consideraría posible comer croquetas después del postre. A veces tienen que venir de fuera para etcétera etcétera.

Playa de Andrín
Andrín

Día 12. Todo se vuelve más crepuscular, si cabe. Asoma cierta apatía. Es porque se van los primeros miembros del clan, pero también por algo más: tenemos todos los planes hechos para los días que quedan. Ya no podemos anticipar demasiada diversión y todavía no podemos recordar el placer reciente. Es como si nos hubiéramos quedado a medio camino entre el chiringuito y la playa y no alcanzáramos uno ni otro. Un limbo.

Las mujeres salieron a cenar y P. de Alicante nos acogió a padres y niños con barbacoa incluida. La indigestión acecha, pero la vamos esquivando. P. de Frankfurt llegó suplicando Almax y terminó tomando un whisky. O. se quedó en casa por la mañana pero por la noche gobernaba la parrilla como un capitán su navío. P. de Alicante, hace dos noches, llegó a la cena con serias dudas y salió a hombros.

Se van los alemanes. Su segunda, C., y mi Julia se despiden llorando. También venimos a Asturias por estas lágrimas.

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Día 13. Improvisamos una marcha por el río Purón. Es apenas un paseo, pero los holandeses y nosotros lo alargamos perdiéndonos. El pueblo de Purón son cuatro casas con un acceso terrible y una señora encantadora que borda trajes regionales. Caigo en las inevitables fantasías: cómo será vivir aquí sin cobertura. Yo no aguantaría ni un mes, pero estoy más crepuscular que nunca.

Por la tarde/noche celebramos la tradicional espicha de despedida, que es como un funeral irlandés, o al menos como los funerales irlandeses que salen en las películas. Cantamos Asturias patria querida con la pasión que sólo pueden poner unos turistas madrileños. Damos salida a lo que nos queda en la nevera. Hacemos planes para el año que viene, intentando que en lugar de terminar estas vacaciones demos inicio a las siguientes.

Día 14. El Arenal de Morís con marea baja y sin apenas bañistas ha sido una gozada. Olas de tres metros y partidas de petanca espectaculares, pura fantasía y virtuosismo. Lo hemos disfrutado con la serenidad de quien sabe que ya lo ha dado todo. La muerte nada es para nosotros.

Por la tarde, abrazos y besos de despedida. Algunos volveremos a vernos en unos días, con otros nos reencontraremos en Navidad, si encajan las piezas. Pero nunca somos los mismos en Asturias que en Madrid, Alicante, Utrecht o Frankfurt. Nos despedimos hasta el año que viene incluso de nosotros mismos. De los dobles que dejamos junto al Cantábrico.

Por la noche, paseamos por la ilustre villa de Llanes. Sentado en la muralla veo las nubes que atraviesan la Sierra del Cuera dejando las cumbres al descubierto. A mi izquierda luce un faro, tal vez en Vidiago. El casco antiguo está iluminado y llegan gritos de niños que juegan en la playa del Sablón. Comemos bocadillos en la calle y volvemos al coche con helados. Aquí lo retomaremos el año que viene.

Día 15. Epílogo. Cada familia ha tomado un rumbo, continuamos las vacaciones tierra adentro. Otras voces, otros ámbitos.

A partir de ahora empieza lo más importante. Nuestra memoria individual y colectiva modificará los acontecimientos. Si todo va bien, desaparecerán las pequeñas tiranteces y las inevitables frustraciones. Con el tiempo no estaremos seguros de cuándo bajamos el Sella o de quién trajo la petanca por primera vez. Creeremos, a conveniencia, que nunca comimos mejores sardinas o croquetas.

Los niños no podrán olvidar nunca Asturias, su Asturias, tan diferente de la de cualquiera. Si la infancia es la única patria, estos veraneos formarán parte para siempre de su identidad. Tendrán mil vivencias, conocerán a mucha gente, pero el tacto de la amistad empapada y su sabor salado, el espíritu de aventura y descubrimiento, serán un refugio permanente y una boya en altamar. O eso espero.

Los recuerdos asturianos de los adultos de este clan se remontan a las fiestas de San Timoteo, en Luarca, de hace dos décadas. Allí empezó lo que ahora continuamos cada agosto. Conocimos aquello gracias a dos queridos amigos de los que nos acordamos mucho estos días: Felipe y Cova. Este diario está dedicado a ellos.