La hazaña secreta: la planta junto al sillón es tu jardín

Compré La hazaña cotidiana, el libro de Ismael Grasa publicado por Turner, porque no me quedó más remedio: de pronto, varios escritores y comentaristas de cuyo criterio me fío, lo recomendaban con entusiasmo. No puedo agradecérselo lo suficiente: el libro es una joya.

Desde que lo leí me esfuerzo por explicar lo que es, con poco éxito. Tiene menos de cien páginas en un formato de bolsillo. Habla de zapatos y de jardines, de restaurantes y de artículos de papelería. Es un elogio de la cortesía y un enaltecimiento de la vida urbana. Ofrece consejos de, digamos, urbanidad, pero también tiene reflexiones políticas. Incluye citas literarias y filosóficas de muy diversa naturaleza. ¿Qué es? Diría que un libro de ética, la visión del autor sobre lo que es la vida buena.

Si William Morris nos instaba a no tener en casa “nada que no sepas que es útil o que no consideres bello”, Grasa es más modesto, como corresponde al realista frente al utópico. Nos invita a tener algo valioso: un mueble antiguo entre muchos funcionales, unos traje bien cortado entre los vaqueros, una planta junto a un sillón donde sentarse a leer con luz natural. Para él, la cortesía no es la máscara bajo la que se oculta la maldad innata del hombre ni el corsé que asfixia la bella naturaleza del buen salvaje; al contrario, es el descortés el que se disfraza, el que oculta lo mejor de sí mismo.

Lo que hace grande a este pequeño libro es lo que hace grandes a todos los libros: el lenguaje y el estilo del autor son inseparables de lo que cuenta. La hazaña secreta es como una cama cuidadosamente hecha antes de ir al trabajo, como un cinturón elegido con cuidado, como una lámpara heredada que pasará a la siguiente generación, como un saludo amable a un conocido con el que nos cruzamos. Es una empresa que se acomete con afán de que perdure sin necesidad de que nos procure la gloria. El libro no parece pensado tanto para que yo escriba sobre él en un blog o en las redes sociales como para que lo deje en la mesa del salón y alguien -el amigo que nos visita, el hijo que va creciendo, el enviado a recoger un pedido -pueda tomarlo, abrirlo, hojearlo y cerrarlo después sintiéndose reconfortado, aliviado, esperanzado.

Dejé de subrayarlo porque no tenía sentido: tendría que hacerlo desde la primera palabra hasta la última. Con todo, traigo aquí una cita que me gusta especialmente:

No existe lo profundo desvinculado de las cosas, de los gestos y las rutinas, de lo que decimos al bajar la calle.