La taza de té y el vaso de leche

Get out! (Déjame salir), la película de Jordan Peele, es excelente por varios motivos que están recogidos en esta crítica de Fernanda Solórzano. Parece una película de terror que utiliza los recursos típicos del género con maestría convencional, como si fuera el examen de un alumno brillante que desea impresionar al profesor. La genialidad está en cómo Peele convierte la película en una sátira al combinarla con una ácida metáfora racial. Yo quiero hablar sólo de un pequeño elemento, casi un detalle, que me ha gustado especialmente.

Uno de los personajes de la película hipnotiza al protagonista (y se supone que antes a más gente) agitando la cucharita de una taza de té. En cuanto vemos que esto sucede, la taza adquiere propiedades mágicas. ¿Puede hipnotizarsa a alguien de esta manera? Al espectador eso no le importa: cuando vea en pantalla la famosa taza se sentirá inquieto, y en cuanto oiga el tintineo de la cucharita sabrá que algo horrible va a ocurrir. ¡También él ha sido hipnotizado!

En Occidente, el té se asocia con las clases distinguidas. En una película en la que cuentan tanto los estereotipos, está claro que no es una bebida de negros. El motín del té es el origen de la Revolución Americana, una revuelta contra los abusos impositivos de la metrópoli. La libertad se identificó allí, desde el principio, con el beneficio económico de la burguesía. Su mayor teórico, Thomas Jefferson, tenía esclavos negros en su finca de Monticello. El racismo, nos dice Peele, no es cosa de cuatro paletos del sur, sino que se oculta, bien disimulado, en los acomodados hogares de los herederos y beneficiarios de la Revolución, los WASP liberales que votaron a Obama. Tilín tilín, hora del té.

La taza de té de Get out! me ha recordado al vaso de leche de Encadenados. Mientras Cary Grant la considera una perdida carente de los principios que deben adornar a una mujer cabal, la pobre Ingrid Bergman lleva a cabo una peligrosa misión de espionaje fingiéndose la perfecta esposa para el nazi Claude Rains. Por desgracia, Rains lo averigua y, con ayuda de su madre, va envenenando poco a poco a Bergman. Para -supuestamente -aliviar su malestar, le llevan a la cama un vaso de leche. Lo que normalmente simbolizaría los cuidados amorosos al familiar enfermo, adquiere entonces propiedades malignas.

Las dos películas (que, por lo demás, parten de intenciones muy distintas) nos enseñan lo que se oculta tras una gran casa de aspecto irreprochable, lo que en los anuncios de viviendas llamarían “finca representativa”. Cruzamos con los protagonistas el umbral de infiernos domésticos. Los sótanos ocultan secretos, lo inofensivo sirve para esclavizar o para asesinar. Esa capacidad para dotar a objetos cotidianos de una simbología propia es parte de lo que se llama “la magia del cine”. Magia negra, en este caso.