Uno de los libros con los que más me he divertido en los últimos años trata de geopolítica. Se titula La venganza de la geografía (RBA) y su autor es Robert D. Kaplan. Cuando se elogian libros como este suele decirse que son instructivos, interesantes o incluso apasionantes. Pero, ¿divertidos?
Kaplan defiende que la política internacional, las relaciones y conflictos entre los países y su disparidad de destinos se explican mejor por la geografía que por otros factores que ahora están más de moda. La globalización, internet y los medios de transporte modernos no importan tanto como las salidas al mar, las cordilleras que cruzan los continentes, las fronteras naturales o el clima. No es un argumento muy optimista: implica que las cartas están repartidas desde hace milenios y poco pueden hacer los jugadores por mejorar su situación.


Es una tesis interesante (y, para mí, convincente), pero no es esto exactamente lo que hace que el libro sea divertido. Lo leí hace dos o tres años y lo recuerdo como una novela de aventuras. ¿Acaso aparecen héroes en peligro? No exactamente, pero habla de paisajes que no cambian, corrientes históricas subterráneas y destinos implacables. Nuestro presente estaba ya escrito en los muros de viejos palacios en ruinas, en las vidas de personas de las que nadie guarda memoria.
¿En cuántos libros, cómics o películas de aventuras aparecen civilizaciones escondidas, leyendas descubiertas en un manuscrito polvoriento, templos malditos, arcas perdidas, secretos de la pirámide, momias incas, islas envueltas en la niebla, ciudades sumergidas, ruinas que nos hablan? En ocasiones, los autores nos muestran un pasado más feliz y digno de vivirse, una edad de oro frente a nuestra modernidad decadente y gris. A mí me gustan más cuando sugieren que, a pesar del tiempo y del progreso, algo importante nos une con los seres humanos del pasado. Parte de ellos vive en nosotros.
La venganza de la geografía me produjo emociones parecidas a las que sienten mis hijos (y sentí yo) leyendo las aventuras de Tintín. En muchos de sus álbumes el escenario es exótico y aparecen elementos tradicionales, históricos o míticos. Tengo la impresión de que Hergé era de los que creía en la Edad de Oro, como Don Quijote. Yo no. Pero sí me gustan las historias que, al mostrar el vínculo que nos une con remotos antepasados, afirman que algo nuestro permanecerá mucho después de que hayamos desaparecido.

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